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sábado, 14 de mayo de 2011

¿Eran politeístas los antiguos mexicanos?

¿Eran politeístas los antiguos mexicanos?

Monoteísmo y politeísmo

Los creyentes de la herencia abrámica (judíos, cristianos y musulmanes) afirman que sólo ellos poseen la verdad, pues creen en un Dios único; supuestamente, los demás pueblos del mundo se encuentran en un estado de espiritualidad inferior, ya que son politeístas. Basados en ese argumento, los judíos exterminaron hace tres milenios a los pueblos de Palestina, los cristianos aún se esfuerzan por destruir las religiones nativas de África y América, y los musulmanes se atreven a pulverizar a cañonazos invaluables testimonios del arte budista. ¿Qué hay de cierto tras los conceptos de "monoteísmo" y "politeísmo", que con tal ligereza emplean algunas personas para juzgar las creencias ajenas?

Según la Enciclopedia Católica, "Monoteísmo es una palabra para designar la creencia en un Dios supremo. Es lo opuesto del Politeísmo, que es la creencia en más de un dios". Vemos que la clave de esta definición es el concepto de Dios. Sin embargo, si aceptamos que, por su propia naturaleza, el Ser Supremo excede nuestras humanas capacidades de comprensión, tenemos que confesar que, en realidad, no sabemos nada sobre Sus atributos. Entonces, ¿cuál es el criterio para medir la verdad religiosa?

Si el monoteísmo es la aceptación de un Creador del Universo, todas las religiones del mundo son monoteístas, pues todas se basan en la existencia de ese Ser, al que los hindúes llaman Brahma, el engendrador, los budistas Adi Budha, el primer iluminado, los zoroastrianos Ahura Mazdha, espíritu de sabiduría, los yorubas Olorum, esplendor divino, los incas Pachacamac, sostenedor del Universo, y los nahuas Ometeotl, divina unidad.

Por otra parte, si el politeísmo es la aceptación de un conjunto de dioses o poderes creadores, sostenedores y modificadores del Universo, entonces el panteón judeo-cristiano-musulmán debe ser uno de los más politeístas, pues reconoce la existencia de un gigantesco enjambre de espíritus, incluyendo a siete arcángeles, un número indeterminado de serafines y querubines, cuatro bestias multifaciales, doscientos millones de ángeles y cien millones de demonios inexplicablemente salidos del Supremo.

Tales espíritus no son abstracciones; sus creyentes los ven como entidades personales, con nombres propios, capaces de escoger entre el bien y el mal, ¡y hasta con preferencias sexuales! Es decir, son los mismos dioses que adoraban los antiguos "paganos". La Biblia hebrea reconoce su existencia, como vemos en la siguiente confesión de Yahvé: "El día en que comáis del árbol, se os abrirán los ojos y llegaréis a ser como los dioses... He aquí, el ser humano ha llegado a ser como uno de nosotros, pues conoce lo bueno y lo malo. Ahora, tened cuidado, no sea que coma también del árbol de la vida y consiga vivir como nosotros, para siempre" (Génesis 3:5 y 22).



Semejanza de los panteones cristiano, budista y andino.

Si queremos penetrar en la esencia del fenómeno religioso, tenemos que salir de las definiciones estrechas. En realidad, nunca ha habido una religión absolutamente monoteísta, como tampoco una absolutamente politeísta. Todos los credos de la tierra parten de la noción de unidad en la pluralidad, pues ello responde a lo que captan nuestros sentidos. Vemos en el Universo una enorme multitud de objetos, seres y estados de existencia, de donde inferimos la presencia de un conjunto de poderes que lo manejan todo a través de las leyes físicas y psicológicas; y a eso, en el lenguaje religioso, se le llama "dioses". Por otra parte, también atestiguamos la relación que existe entre todas las cosas, de lo cual intuimos que, en el fondo, el Universo es uno y emana de una energía única a la que los creyentes llaman "Dios".

Debido a la doble visión que tenemos de la misma Realidad, le llamamos Universo, es decir, "la unión de lo diverso" o "la diversidad de lo único". Lo mismo hicieron los antiguos nahuas, pues el nombre que le aplicaron al Universo, Semanawak, se forma de los términos Sen, uno, y Anawa, contario, de modo que significa uni-diversidad.

Sobre esta base de la unidad en la pluralidad, analicemos ahora las creencias toltecas.

Senteotl, el Dios único

A riesgo de que se interprete como ateísmo, debo señalar que el panteón tolteca no se basaba en la creencia en un dios personal. La mayoría de los nombres divinos representaban conceptos abstractos, tales como el merecimiento, la ciclicidad y la retribución, o bien fuerzas naturales como la electricidad, la fecundidad y la percepción; es decir, realidades desprovistas de sentimientos o individualidad. Por ello, aunque las lenguas nativas de México poseen términos para expresar ideas tales como "divino", "espiritual", "sagrado", etcétera, hasta la llegada de los españoles carecían de un nombre específico para "dios", en el sentido cristiano. Esto lo constató, con asombro, el cronista Joseph de Acosta: "En los indios hay algún conocimiento de Dios. Comúnmente sienten y confiesan un Supremo Señor y Hacedor de todo... Aunque es cosa que mucho me ha maravillado que no tuviesen vocablo propio para nombrar a Dios" (Historia Natural y Moral de las Indias V.3).

El término nawatl más parecido a Dios es Teotl; pero este no se usaba como sustantivo, sino como calificativo, significando propiamente algo divino o especial, energía. Su plural, Teteo, significa las energías. El empleo frecuente, en el lenguaje religioso nawatl, del término Teteo, que los españoles tradujeron como dioses, les hizo pensar que los nativos de México eran politeístas, circunstancia que enarbolaron como justificación para imponer la fe cristiana. Algunos cronistas españoles llevaron su curiosidad hasta el punto de contar los nombres divinos, declarando que el panteón mesoamericano se componía de 2000 dioses.

Un análisis más profundo de la naturaleza de tales "dioses" nos permite entenderlos como nombres o atributos del Ser Supremo. Esto no es una especulación, sino un dato reportado por el padre Jacinto de la Serna a comienzos del siglo XVII: "En opinión de algunos experimentados y versados en estas materias, todos estos nombres (de los dioses), o los más de estos, eran nombres de Huitzilopochtli, según diversos favores que les hacía" (Tratado de las Supersticiones).

Habiendo compilado su obra entre los mexicas, quienes adoraban a Witsilopochtli, colibrí zurdo, el padre La Serna aplica este nombre al Supremo. Otros pueblos de Anawak le llamaban por otros nombres, pero todos comprendían que los títulos divinos eran descripciones de la Serpiente Emplumada en sus diferentes facetas creadoras. Lo anterior fue reportado por los informantes de Tlatelolco al padre Sahagún: "Sólo un dios tenían, el Dios Único, al que invocaban; su nombre era Quetzalcoatl... El sacerdote de su dios les decía: Dios es Uno. Quetzalcoatl es Su nombre. Nada pide. Sólo serpientes, mariposas (cuerpos y almas), eso le ofreceréis" (Códice Florentino).

Esta inequívoca confesión de monoteísmo explica por qué los mesoamericanos podían invocar a la Deidad sin especificar nombre alguno - cosa que hubiera resultado imposible si sus creencias hubiesen sido politeístas -, tal como reportó el obispo Las Casas: "Sólo este, entre todos los dioses, se llamaba Señor por excelencia. De manera que cuando juraban y decían 'por nuestro Señor', se entendía por Quetzalcoatl y no por algún otro" (Los Indios de México).

A fin de que no quedara duda alguna sobre la esencia única de los diversos nombres aplicados a la Serpiente Emplumada, otro de los títulos nawatl que le dieron fue Senteotl, divina unidad o dios único, traducido al maya como Hunabku Hahalku, dios único y verdadero. Según afirma un cronista: "Este dios era amado de todos los indios y le llamaban Tlazopilli, dios amado (de Tlasotla, amor, y Pilli, príncipe)" (Teogonía e Historia III.169).

Senteotl era también el señor del verbo, ya que la misma raíz nawatl Sen le da nombre a la palabra, Sententli. Los mesoamericanos creían que el Universo fue decretado por la palabra o verbo del Dios Único, no porque creyeran que, literalmente, el poder divino pronunció una palabra en el comienzo de la creación, sino porque las palabras son el anuncio de la acción. Así quedó escrito en el siguiente texto maya: "He aquí el entendimiento oculto de la palabra, tal como fue recibida en esta tierra: yo soy la Unidad, soy el Sonido, soy la Unidad" (Chilam Balam, Libro de los Espíritus).

Llama la atención la idea implícita en el texto anterior, ya que, en lengua maya, los conceptos de unidad y sonido no se expresan con la misma raíz. Ello confirma que la creencia en la unidad divina era general y constituía la porción medular del pensamiento mesoamericano. De manera que, contrario a lo que interesadamente afirmaron algunos cronistas europeos contemporáneos de la invasión, y sostienen por ignorancia casi todos los estudiosos actuales, el panteón mesoamericano era formalmente monoteísta.

Las serpientes emplumadas

La presencia de un dios absoluto en el panteón de Anawak indica que la Toltequidad tenía una expresa vocación universalista. Por ello, a Senteotl se le reconocía en todos los dioses de la tierra, no importa a qué religión pertenecieran o en qué lengua fuesen pronunciados sus nombres. Como afirma un canto mexica, "en el mundo entero tú eres invocado, porque tú guías las cosas y haces que existan sobre la tierra" (Cantares mexicanos, Canto de Tetlepanketsanitsin). "Él ha venido a sustentar en su mano el cielo y la tierra" (Cantares, Retorno de los guerreros).

Sin embargo, cometeríamos un error si limitamos el análisis de la religiosidad mesoamericana a este reconocimiento, puesto que, algunos de los 2000 dioses reportados, no eran meros nombres de Ketsalkoatl, sino sujetos con personalidad propia. El dato aparece en el siguiente texto de un cronista anónimo: "Este dios dicen que hizo el mundo, y sólo a este pintan con corona, como señor sobre todos, y nunca le hacían sacrificios, porque dicen que no los quiere. Todos los demás (dioses) a quienes ofrendaban, fueron hombres en sus tiempos" (Códice Telleriano).

Lo mismo dijeron al cronista Torquemada sus informantes nativos: "Algunos de los indios daban a entender que sus dioses eran o habían sido primero puros hombres, puestos luego en el número de los dioses por ser señores principales y por algunas notables hazañas que en su tiempo habían hecho" (Torquemada, Monarquía indiana).

En otras palabras: en el México antiguo, la Divinidad no era entendida como un atributo exclusivo de la Serpiente Emplumada, en su función de Creador del Universo, sino como una facultad latente en el ser humano. Aquellas personas que, gracias a un proceso de transfiguración interna, se hacían expresiones vivientes del poder creador, eran consideradas émulas de Ketsalkoatl y, en consecuencia, dignificadas con el título de "dioses", tal como escribió un informante nativo: "Aún el rey llama a los sacerdotes 'dioses suyos', por la bondad y la pureza de sus vidas" (Códice Florentino VI.21).

Aunque parece un poco extremo eso de llamar "dioses" a los seres humanos, en realidad, es una licencia muy común en las religiones del mundo, incluyendo al cristianismo. El propio Jesús, tratando de darle un sentido realista a la proliferación de entidades divinas dentro de la Biblia, aplicó ese título a los iniciados en el conocimiento: "Si la escritura llama 'dioses' a aquellos que recibieron la Palabra, ¿cómo me acusáis de blasfemar por decir que yo soy Hijo de Dios?" (Juan 10:35 y 36).

Sin embargo, la creencia tolteca en la divinidad potencial del ser humano alcanzó un desarrollo inusitado, llegando a constituirse en el centro mismo de aquella teología y desplazando toda noción de un Dios especial, externo o ajeno a su propia obra. Esto quedó claramente expuesto en los siguientes textos: "La naturaleza humana nunca se perdió, (pese a) todas las veces que se perdió el mundo" (Códice Telleriano). "Pues les repugnaba que, lo que nunca fue hombre ni estuvo revestido de carne, obtuviese distinción divina" (Hernández, Historia de las Indias).

En este punto, la teología mesoamericana tiene una polaridad inversa a la cristiana, pues las religiones bíblicas interpretan el misterio de la encarnación divina como el producto de un acto mágico, mediante el cual, un Dios personal descendió a la tierra para mostrarnos un camino de redención. Los toltecas, en cambio, consideraban que ciertos individuos comunes y corrientes son capaces de alcanzar por sus propios méritos un estado de conciencia superior, transformándose en modelos viables para sus semejantes. El nombre genérico que se aplicó a tales personas fue Keketsalkoa, serpientes emplumadas.



Estas creencias no sólo asumían el cuerpo físico con sus poderes y limitaciones, sino que, de hecho, tal como nota Laurette Séjourné, lo consideraban un vehículo imprescindible para la elevación de la conciencia: "Lejos de constituir un elemento inútil que no hace más que molestar al espíritu, la materia le es necesaria porque, únicamente por la acción recíproca del uno sobre la otra, la liberación es conseguida. Parecería que, si la materia es salvada por el espíritu, este, a su vez, tiene necesidad de ella para transformarse en energía conciente, sin la cual la creación dejaría de existir.

"Esa energía indispensable a la marcha del Universo no puede surgir más que del hombre, porque sólo él posee un centro susceptible de transformar el espíritu, que estaría destinado a perderse en la materia. Salvándose él mismo, el hombre salva entonces a la creación; por eso es el redentor por excelencia" (Pensamiento y Religión en el México antiguo).

La asunción de lo humano en el plan divino no implica que los toltecas limitaran lo divino a nuestra común escala de valores, sino que, por el contrario, atribuyeron a la carne una dimensión sublime, derivada de su capacidad para percibir que, en esencia, toda materia es energía. No había dualidad antagónica en esa visión; como afirma Séjourné, Dios y hombre pertenecían a la misma realidad:

"El pensamiento nahuatl repite incansablemente la aventura del hombre que se convierte en Sol. Esta comprobación perturba nuestros hábitos mentales porque, al proclamar el origen humano de la Divinidad, señala una religión en las antípodas, no sólo del tan celebrado politeísmo de los primitivos, sino también de toda teología en la que Dios es de una esencia diferente de sus criaturas" (El Universo de Quetzalcoatl).

Esta interpretación de las creencias mesoamericanas nos permite entender por qué, uno de los títulos más comunes del Ser Supremo en los libros sagrados nahuas, es el de Tlakatl, ser humano: "Ahora que nos favorece el Humano, el maravilloso Ser divino, principio de toda existencia, perfecto en serenidad, Aquel por quien vivimos, ¿acaso callaremos?" (Viseo, Huehuetlahtolli)

De modo que, cuando hablamos de un "monoteísmo" mesoamericano, debemos tener en cuenta que este era de una naturaleza diferente al monoteísmo de la Biblia o el Corán, pues la Deidad se entendía aquí como el intento unido de un conjunto de personas, cuya fuerza sugestiva "creó" nuestro universo, compuesto los elementos culturales que nos hacen humanos. En otras palabras: para los sacerdotes y filósofos de Anawak, Ketsalkoatl, más que un espíritu, era el arquetipo de la humanidad.

El proceso de divinización

Según la concepción mesoamericana, el Ser Supremo se manifiesta ante nuestros sentidos y mente con una doble naturaleza, expresada en las doctrinas de Senteotl, el dios único, y los Keketsalkoa o advocaciones humanas de la Serpiente Emplumada. Pero esta cosmovisión, dando un paso más allá, se salió de las definiciones filosóficas e involucró un principio de movimiento que le dotó de una dimensión profundamente vivencial.

Al interpretar la condición humana como causa y la Divinidad como consecuencia, la teología tolteca hacía énfasis sobre el nexo entre ambos estados: el trabajo interior por el desarrollo de la conciencia, sin el cual no hay mérito posible. Eufemísticamente, dicho esfuerzo recibía el nombre de Shochiyaoyotl, guerra florida, ya que se trata de una verdadera batalla contra nuestras limitaciones animales, a fin de alcanzar el grado de libertad e iluminación que se espera de los dioses.

La religión de Anawak se puede definir como "un camino de liberación por merecimiento", pues concebía la respuesta del ser humano al proyecto civilizador de la Serpiente Emplumada en términos de Masewalistikayotl, merecimiento. El estado o grado de "merecer" se entendía como un acto de correspondencia, cuyo resultado era nuestra paulatina liberación de las ataduras impuestas por Mayawel, embriagadora (la diosa de la embriaguez figurada de los sentidos). A fin de conseguir dicho resultado, la chispa divina nacida en cada niño debía plantarse cuidadosamente, cual una buena semilla, y cultivarse mediante un esfuerzo sostenido que involucraba la totalidad de la vida.

El proceso mediante el cual se consigue la trascendencia recibía el nombre de Teowatia, divinización, y quienes llegaban a su fin merecían el título de Teowa, divinizado, es decir, un dios personal. El camino para transformarse en un Teowa consistía en imitar el modelo legado por los diversos voceros de la Serpiente Emplumada, hasta que la propia vida se fundiera en el ideal tolteca. Tal es la razón por la cual, las biografías de algunos personajes importantes de la historia mesoamericana, procuran repetir el mito de Ketsalkoatl.

Esta doctrina tomó cuerpo en la ciudad de Teotihuacan, donde cristalizaron hace dos mil años los moldes de la Toltequidad. El nombre de Teotihuacan se forma de Teo, divino, Wa, poseer, y Kan, lugar; significa el lugar donde la gente se diviniza. Tal divinización no consistía en idolatrar al Ser Supremo o a sus advocaciones, sino en algo más sutil; como afirma Séjourné, "lejos de implicar groseras creencias politeístas, el término Teotihuacan evoca el concepto de la divinidad humana, y señala que la ciudad de los dioses no era otra cosa que el sitio donde la serpiente aprendía milagrosamente a volar, es decir, donde el individuo alcanza la categoría de ser celeste por la elevación interior" (Pensamiento y Religión en el México antiguo).

La divinización o santificación de nuestra naturaleza era un objetivo práctico en la sociedad anahuaca. Implicaba representar en la propia vida el misterio de la humillación y renacimiento de la Serpiente Emplumada, de modo que se desvaneciera todo sentimiento de distancia entre el devoto y la Divinidad. El Teowa o divinizado era una mujer u hombre que, gracias a su arduo aprendizaje en los terrenos del espíritu, lograba convertirse en nagual; Ketsalkoatl era su título honorífico y el emblema de su condición.

A través de la doctrina de la divinización, la teología tolteca consiguió soslayar la contradicción implícita en toda definición de la naturaleza de Dios, proponiendo que la verdad se encuentra en la obra merecedora, no en los juicios que nos hagamos de ella. Tal transferencia de la atención, del creer al experimentar, es precisamente lo que caracteriza a las ideas en Anawak. Este logro del espíritu no es banal; se trata de un salto de orden en la historia de las religiones, pues consigue conciliar (y, por lo tanto, trascender) todas las proposiciones teológicas existentes en la tierra, por estrechas que sean, gracias a la incorporación de un concepto al que los creyentes de otras latitudes, tradicionalmente, le han tenido miedo: la evolución.

El ciclo de la Serpiente Emplumada
Como hemos visto, Senteotl no era un dios personal, sino una condición o ley creadora. Ello se hace patente en la primera acepción del nombre, pues la raíz Sen significa propiamente grano de maíz (de ahí, designa por extensión al número uno). Por lo tanto, otra traducción literal de Senteotl es divino maíz - un sentido que era altamente valorado por los devotos mesoamericanos.

La incorporación de una metáfora agraria añade toda una gama de significados nuevos a la teología tolteca, pues el ciclo del maíz era, en el México antiguo, el emblema por excelencia del proceso mediante el cual se genera y sostiene la vida. Es por ello que, según el mito, la madre Naturaleza creó al ser humano a partir de una porción de masa de maíz que había sido previamente fecundada por la Serpiente Emplumada. ¿Por qué el maíz? Porque el milagro de la semilla es la expresión más sintética de las fuerzas evolutivas.

La ciencia moderna ha demostrado que la creación no ocurrió de un modo instantáneo, en el comienzo del mundo, sino que procedió gradualmente, a través de largos ciclos de desarrollo, regidos por un conjunto de leyes naturales que permiten la evolución de los cuerpos y la conciencia. Del mismo modo, las creencias mesoamericanas afirmaban que la Serpiente Emplumada creó el Universo a través de una serie de etapas llamadas "soles", cuyo propósito es el progresivo perfeccionamiento del ser humano. El calendario de Anawak, con sus lapsos de tiempo extraordinariamente amplios, cíclicos y resonantes, es el mejor exponente de las ideas cosmológicas mesoamericanas.

Observemos el principio subyacente tras estas creencias: no se trata de un dios absoluto que crea las cosas de la nada, por el estilo del Yahvé de los judíos, sino de un conjunto de fuerzas naturales que intentan materializar un extenso programa, fallando a veces y, otras, llegando a resultados.

De modo que Senteotl no sólo era visto como el ideal divino al que todos aspiramos, sino también como la energía que impulsa y el conjunto de leyes que guían la evolución de los seres. No por casualidad, el término nawatl para evolucionar es Senkawa, un movimiento que tiende a la unidad, formado de la misma raíz Sen que da nombre a Senteotl.

Visto así, parecería que el mito creativo tolteca es similar al de los católicos, pues estos creyentes han conseguido fundir el creacionismo bíblico con el evolucionismo científico, al suponer que la evolución fue conducida por Dios. Sin embargo, las creencias toltecas son un poco más complejas, puesto que exploran las motivaciones psicológicas que llevaron al Ser Supremo a crear (algo que resultaría impensable, y hasta blasfemo, para un teísta), llegando a la sorprendente conclusión de que, la creación no fue un acto soberano, sino una necesidad condicionada por el hecho de que, en el origen, la Serpiente Emplumada no se reconocía a sí misma.

El Popol Vuh expresa esta idea claramente: "Permanecía en soledad el Creador, la Serpiente Emplumada; su naturaleza era de profunda concentración. Entonces manifestó su palabra; mientras meditaba, se hizo la luz, y con la luz se manifestó el ser humano, pues se dijo: no habrá gloria ni grandeza en nuestra creación hasta que exista la criatura formada... ¿Cómo haremos para ser invocados, reconocidos, oh dioses? Que sea así: que surja el ser humano" (Popol Vuh I.1).

Observemos cómo, en el momento en que las fuerzas apenas sensibles del Universo primitivo perciben su propia inquietud creadora, surge en ellas el propósito de cobrar unidad a través de nuestra individualidad. Ese propósito se va haciendo más y más urgente, a medida que avanzan las eras cosmogónicas, llegando a transformarse en el imperativo ontológico que llevó a los mexicas a asumir la carga del Universo. La idea es que los poderes divinos comenzaron siendo muchos en su subconciencia, pero, a través de la creación de las galaxias, la Tierra, la vida, el ser humano, la cultura y la Toltequidad, llegaron a fundirse en la unidad.

Como es obvio, al pasar por el cauce de lo humano, el concepto tolteca de lo divino incorpora también los atributos del dolor, el pecado y la muerte, que las culturas del Viejo Mundo consideran antitéticos de Dios. El razonamiento subyacente es que, así como la semilla tiene que pudrirse para producir fruto y el alma a de pasar por el infierno antes de resucitar como Estrella del Alba, también los poderes divinos deben entregarse en ofrenda a los imperativos de la Naturaleza, para conseguir el milagro de la creación del hombre.

Por supuesto, este mito no se refiere al hombre o la mujer común, esclavos de sus pasiones y sujetos al doloroso proceso del nacimiento y la muerte, sino al ser humano como un proyecto ideal, representado por los mensajeros de la Serpiente Emplumada. Incorpora, pues, una dimensión escatológica, es decir, la promesa de una redención de nuestra naturaleza animal, entendida, no como la intrusión de un dios en los asuntos humanos, sino como la realización de un potencial presente en nosotros desde el comienzo del tiempo.

Conclusión: el Evoluteísmo tolteca

He aquí una idea nueva, en el panorama mundial de las religiones: el Ser Supremo no es perfecto. No es un poder absoluto que dicta sus órdenes allá, en el centro del Universo, sino un potencial susceptible de perfeccionamiento. Como Señor de la trascendencia, puede trascenderse a sí mismo, lo cual invalida cualquier definición que hagamos sobre Su naturaleza.

Siendo un Poder que cambia, crece y se realiza a través de su obra, también deberían cambiar los modos como nos referimos a él. Para una persona presa en el pantano de las definiciones, la Deidad es plural, no importa cuánto proteste de monoteísmo. Pero esa pluralidad comienza a integrarse a medida que acumulamos merecimiento espiritual, y termina siendo plena cuando incorporamos en nuestra vida, consciente y voluntariamente, el mito de la Serpiente Emplumada. El Dios de los toltecas es vivencia, no creencia.

Vemos, pues, cuán infundada es la opinión que la generalidad de la gente tiene sobre las creencias de los antiguos mexicanos. Sería un error tratar de definir aquella fe a partir de conceptos como "monoteísmo" o "politeísmo", pues estos sólo reflejan ideas propias del Viejo Mundo. En todo caso, podríamos hablar de un "evoluteísmo", es decir, la creencia en una Deidad inmanente que evoluciona dentro y con el ser humano, así como con cualquier otro ser sensible del Universo.

El evoluteísmo tolteca se distingue del evolucionismo "científico" porque, este último, se limita a explicar cómo pudieron alcanzar los seres vivos sus características físicas y psíquicas, con arreglo a las leyes naturales de supervivencia; nada dice esta teoría sobre la finalidad de la evolución. El evoluteísmo tolteca, en cambio, sostiene que el desarrollo de las formas es apenas un aspecto del ciclo de la conciencia. La fuerza que nos impulsa a seguir existiendo es esa aspiración suprema, presente ya desde el momento en que surgió la primera partícula de vida en los insondables espacios del Universo, que nos guía hacia el estado de plenitud perceptual de las serpientes emplumadas.

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