A Ciro Gómez Leyva, quien nunca debió ser sujeto de un atentado. La
justicia para ti será siempre nuestro reclamo. Los gobernantes se van,
los periodistas se quedan.
A todos los periodistas asesinados en este gobierno.
A ti, papá, José María, que me heredaste el carácter
para enfrentar desafíos.
Prólogo
Sergio Negrete Cárdenas
Y el rey del cash llegó a Palacio Nacional.
Mesiánico, demagogo y autoritario, Andrés Manuel López Obrador
se proclamó el líder de una transformación histórica, una etapa que
solo sería comparable con la Independencia, la Reforma y la
Revolución, pero, además, sin un conflicto armado. Nada menos que
presentándose como par de Hidalgo, Morelos y los presidentes
Juárez, Madero y Cárdenas.
Habían sido tres campañas presidenciales. A lo largo de esos años
también construyó su propio partido político: el Movimiento
Regeneración Nacional (Morena), para así tener el control absoluto
sobre estrategias, candidaturas —empezando por la suya propia— y,
un elemento fundamental, los recursos que el partido habría de
recibir. En menos de una década montó el andamiaje partidista que
deseaba, a su imagen y semejanza, sujeto por completo a sus
órdenes, la plataforma electoral que lo catapultaría el poder.
Morena fue no solo producto de una ambición de poder
desmedida, sino de dinero, mucho dinero, sobre todo en efectivo. Ese
formidable instrumento político obtuvo el registro oficial por parte del
Instituto Nacional Electoral en 2014, pero el subsidio del gobierno
para su funcionamiento solo se agregó a ese cash en abundancia que
recaudaban los personeros de López Obrador y que este acumulaba
y repartía a su absoluta discreción. Ríos de dinero que evidenció
Elena Chávez en su libro El rey del cash.
Hay tres cosas que no se pueden ocultar: el humo, el amor y el
dinero. La excepción a esa regla fue López Obrador, quien durante
años supo esconder ese abundante efectivo que recibía. Gracias a El
rey del cash muchos mexicanos pudieron explicarse cómo pudo vivir
con tanta holgura el eterno candidato con su familia sin tener cargos
formales y menos, si cabe, un salario. Cómo el hombre que presumía
de traer solo 200 pesos en la cartera pudo financiar el aparato
logístico y partidista que giraba a su alrededor, aparte de un “gobierno
legítimo” en que los miembros de su “gabinete” percibían sueldos de
50 mil pesos mensuales.
Se entendió por qué AMLO parecía alérgico a toda formalidad o
legalidad financiera. Quedó al descubierto cómo podía presumir de
que no tenía tarjeta de crédito y no sabía llenar un cheque. No tenía
necesidad de hacerlo, puesto que contaba con efectivo en
abundancia, ese dinero que no deja huella o rastro alguno, el
favorecido por las mafias, criminales o políticas. Recursos que
llegaban de numerosas fuentes oscuras por medio de abultados
sobres recogidos por sus personeros. El oriundo de Macuspana no
tocaba esos billetes, los administraba. Ello le permitía, como en tantas
ocasiones, mentir descaradamente con un dejo de verdad: por sus
manos nunca había pasado un peso robado, porque bajo su
cuidadosa supervisión pasaban millones por las manos de sus
allegados.
Era, efectivamente, el rey del cash, y finalmente ese cash le
permitió convertirse en el rey de México. Porque ese dinero ayudó a
que Morena ganara no solo contundentemente la elección
presidencial, sino sólidas mayorías en ambas cámaras legislativas. La
ciudadanía no entregó un cheque en blanco en julio de 2018 a López
Obrador, sino la chequera completa. Esta clase de cheques, los que
sacan provecho de un poder sin restricciones o contrapesos, sí los
sabe llenar y usar perfectamente. Porque si algo domina AMLO es el
uso y abuso del poder, ahí sí entiende perfectamente lo de cobrar y
pagar, con canonjías, empleos, contratos, impunidad y lealtad como
monedas de cambio.
El perpetuo candidato y su cuantioso cash fueron la radiografía
que presentó Elena Chávez. Ahora es una nueva placa la que exhibe
en este libro, que deberá ser lectura obligada para aquellos que
quieran saber más sobre las podridas entrañas del obradorismo. En
El rey del cash, fue la intensa experiencia personal, lo vivido
directamente por ella. Ahora son los testimonios que algunos
mexicanos le presentaron a Elena, y quien requirió o buscó las
evidencias para comprobar aquello que ahora está plasmado en este
libro: El gran corruptor.
El modus operandi obradorista continúa, pero desde Palacio
Nacional. Ya no es el eterno opositor quien lo encabeza, sino el
presidente de la República. El oriundo de Macuspana tiene ahora a su
disposición toda la maquinaria del gobierno federal, aparte de los
gobernadores de los estados y presidentes municipales afines a él.
Gracias al dominio que tiene sobre los legisladores, el presupuesto de
egresos de la federación prácticamente está bajo su control, con un
escrutinio mínimo y sin obstáculos para reasignar los recursos del
erario a su entera discreción. La elección de 2018 fue el “ábrete,
sésamo” para que López Obrador y su banda pudieran acceder al
tesoro presupuestal del gobierno mexicano.
Una cueva que AMLO no piensa desocupar. Este libro muestra
ese aparato de corrupción que busca dinero a lo largo y ancho de
todo el gobierno. Desde los contratos asignados directamente hasta
los inflados programas sociales, destacando el consentido del
presidente: la pensión universal para adultos mayores. Se trata no
solo de financiar sus caprichos, elefantes blancos que son agujeros
negros de dinero, sino de acumular los cochinitos para las elecciones,
sobre todo la grande de 2024. Morena se construyó con cash, y es
voraz devorando dinero. Las precampañas de hoy, mal disfrazadas
con otros nombres, no se pagan solas.
Ya que no pudo reelegirse directamente, la ambición de López
Obrador es dejar en la silla presidencial a Claudia Sheinbaum, con el
disfraz de unas encuestas populares que a nadie engañaron. Como
escribió magistralmente Daniel Cosío Villegas en 1972, México era
una monarquía, absoluta, sexenal y hereditaria por vía transversal.
AMLO quiere regresar a ese sistema político, con Morena —o sea, él
— en lugar del PRI y todo aquello que el dinero pueda comprar,
incluyendo, por supuesto, votos.
El cash le permitió llegar al poder, el cash sigue siendo manejado
por el rey en su palacio. Esta obra es una crónica de impresionantes
corruptelas y, simultáneamente, una denuncia sobre la podredumbre
de un gobierno, un “yo acuso” contundente. Su autora atrajo los
relatos y evidencias que muchos hasta entonces se habían guardado,
de personas que al leer su primer libro supieron que podían confiarle
lo que sabían. Este es el resultado: un texto sin miedo, porque
proviene de una mujer valiente que no tiene temor de usar su pluma
como un espejo que refleja lo que realmente ha sido la administración
2018-2024.
Es probable que muchas personas conocieran directamente las
corruptelas, las impresionantes raterías de Andrés Manuel López
Obrador por medio de sus familiares, amigos y colaboradores
cercanos. Todas optaron por el silencio, probablemente temerosas de
las consecuencias que una denuncia pública pudiera acarrearles.
Basta que una persona se atreva a romper con fuerza ese círculo de
mutismo, esa especie de ley del silencio, como la que imperaba entre
la mafia siciliana (omertà), pero que es igual de potente entre la mafia
mexicana en el poder desde diciembre 2018. Esa persona es, por
segunda ocasión, Elena Chávez.
Quizá López Obrador confió en que ese halo de silencio y
complicidad lo seguiría protegiendo, que muchos podrían tener dudas
sobre su honradez, pero nunca certezas de su inmoralidad. A nadie le
cuadraba la narrativa de los 200 pesos en la cartera, pero tampoco
nadie había exhibido evidencias sobre un comportamiento ilícito.
Estaban los allegados cercanos, como el que arreó hasta con las
ligas o el que apostaba dinerales en Las Vegas, pero no se podía
señalarlo directamente. Como le dijo un político a otro en un libro de
Luis Spota en una frase que se aplica perfectamente al actual
mandatario: “Más vale que te crean tonto a que te sepan ladrón”.
Por muchos años lo que dominó fue la narrativa que el tabasqueño
no se cansó de presentar en sus tres campañas. Fue incansable
como propagandista de sus pretendidas virtudes. El ahora presidente
había descubierto desde hacía décadas que era fundamental
construir una persona pública, una fachada tras la cual ocultarse. A la
vista de todos era el humilde luchador social, la antípoda del
ambicioso político ávido de dinero y poder (el primero necesario para
obtener el segundo). Se presentaba como un funcionario que vivía
con sencillez y rechazaba las prebendas que venían con los cargos.
Como jefe de gobierno de la Ciudad de México se trasladaba en el
famoso Tsuru, por supuesto, de color blanco; y vivía en el sencillo
departamento de Copilco. Como candidato presidencial fue la
promesa de vender el avión oficial y la simulación de que vivir en
Palacio Nacional era algo más humilde que hacerlo en Los Pinos.
La fórmula obradorista era realmente brillante porque estiraba la
liga de la credibilidad al máximo. Se trataba de mentir en forma
constante, descarada y exagerada. Por paradójico que parezca, las
grandes mentiras se aceptan con mayor facilidad que las pequeñas.
Lo fundamental es decirlas y machacarlas con todo el aplomo de un
demagogo consumado. AMLO no evadía el tema de la honestidad
personal y la corrupción como hacen tantos candidatos, quizá por
cierto residuo de pudor o vergüenza. La corrupción es un campo
minado para cualquier político, porque incluso aquellos que se
comportan con honestidad se ven muchas veces obligados a dejar
pasar las componendas, los arreglos por debajo de la mesa, aceptar
las órdenes de un jefe aunque sepan que pueden implicar un desvío
de recursos públicos hacia bolsillos privados. No hay político que
presuma que roba, pero tampoco hay tantos que estén hablando de
su honestidad.
El de Macuspana, en cambio, se regodeaba presumiendo sin
cesar de su probidad personal, precisamente porque no tiene pudor o
vergüenza alguna, sino el más profundo cinismo. Es el practicante de
repetir mil veces una mentira para que muchos crean que es verdad.
Es incansable al decir que es una de esas aves raras que cruzan el
pantano de la política y cuyo blanco plumaje emerge de la travesía sin
la menor mácula. Con esa habilidad impresionante para el fraseo del
gusto popular, repetía que necesitaba llegar a la cumbre del poder
político porque las escaleras se barren de arriba abajo. Aquellos que
lo escuchaban en las plazas públicas podían imaginar a ese sencillo
hombre barriendo con fuerza con todos esos rateros del gobierno. El
presidente —decía, contundente, cuando candidato— se entera de
todas las corruptelas que ocurren en el gobierno, por lo que estas
desaparecerían apenas alcanzara la primera magistratura.
Otra frase cobró fuerza con el paso de los años, esta repetida no
solo por el tabasqueño, sino por sus partidarios: “No mentir, no robar,
no traicionar”. Una cadencia potente e igualmente atrayente para
millones de mexicanos decepcionados de los gobiernos anteriores y
particularmente del encabezado por Enrique Peña Nieto. Seis
palabras que pretendían retratar a un hombre impoluto y recto. En
otras palabras: decente, honesto y derecho.
Esta imagen se remataba con otra narrativa extraordinaria que
machacaban sus seguidores: AMLO había sido el hombre más
investigado de toda la historia de México y nunca le habían
encontrado absolutamente nada. Lo que hubieran dado los gobiernos
anteriores por tener pruebas para desacreditarlo, acusarlo y hasta
encarcelarlo; pero todas esas investigaciones terminaron con las
manos vacías, porque era un hombre con las manos limpias.
Quizá López Obrador pensó que aquello que había logrado como
candidato lo podría sostener como presidente. A sus casi cinco años
al frente del gobierno capitalino, se agregaban 13 de campaña, al final
de los cuales llegó a la presidencia con 30.1 millones de votos, una
potente demostración de la credulidad de muchos mexicanos.
Probablemente algunos cruzaron la boleta por la coalición de AMLO
dudando de su honestidad, pensando que tal vez algo de corrupto
tendría, pero que finalmente lo sería menos que Peña Nieto y sus
avorazados funcionarios. Millones quizá votaron no por AMLO, sino
contra el PRI y el PAN, sin pensar que México brincaría de la sartén al
fuego.
AMLO siguió usando la misma arma, su palabra, pero magnificada
desde el pináculo del poder. Si nadie le había encontrado nada antes,
menos podrían hacerlo ahora que mandaba en el país. Era cuestión
de mantener inalterada la estrategia de mentir con absoluto descaro y
cinismo, machacando incansablemente sobre su honradez personal.
Igual, hablar del ave y el pantano, lo mismo que de las escaleras y su
barrido. Otra frase usada en la campaña se hizo cotidiana en las
peroratas presidenciales pronunciadas en las mañaneras: “No somos
iguales, nosotros somos diferentes”. En muchas ocasiones, el
presidente remataba la idea sacando un pañuelo, tan blanco como el
Tsuru, para ondearlo ante sus espectadores. Era una fórmula
probada y exitosa.
Mentir con descaro y cinismo, en grande, hasta los extremos más
increíbles. No solo sobre la honestidad personal y del gobierno, sino
en cualquier otra cuestión que así lo requiriera. Un ejemplo destacado
es la promesa de tener un sistema de salud pública como en
Dinamarca. Lo ofreció y sigue ofreciendo. No importa el desastre
provocado al destruir el Seguro Popular y la compra y distribución de
medicinas; tampoco, la creación y eliminación del Insabi; menos las
muertes de niños y adultos por falta de tratamientos —
destacadamente contra el cáncer— y atención médica. AMLO ni se
sonroja cuando asegura, año tras año, que ya casi se llega a ese
paraíso de salud danés.
Otro ejemplo entre los muchos acumulados a lo largo de casi cinco
años de gobierno es el Tren Maya. ¿Daño ecológico por ese
capricho? No se derribará un solo árbol, dijo con absoluto aplomo.
Solo en el tristemente famoso tramo 5 se contabilizan unos 9 millones
de árboles derribados. La realidad es simplemente hecha a un lado
enunciando una gigantesca y grotesca falsedad.
Es el gran mentiroso, y lo que hace ahora Elena Chávez es
exhibirlo como un extraordinario corrupto y corruptor. La corrupción es
un cáncer que ya existía en el cuerpo de México, pero había tenido en
décadas recientes cierta contención por parte de sucesivos
gobiernos. El de López Obrador ha destruido, en la medida de lo
posible, esas barreras que limitaban el contagio: rebajando los
sueldos de los funcionarios, pero permitiéndoles robar; combatiendo
sin cuartel la transparencia; destruyendo o al menos minando las
instituciones; restringiendo o eliminando el acceso a la información; y
fomentando la discrecionalidad en la entrega de concesiones y
contratos, además de instaurar programas sociales opacos.
Como muestra Elena Chávez, bajo ese gran corrupto y corruptor,
ese cáncer ha sido descaradamente alimentado desde el poder, y ha
hecho metástasis en todos los niveles de gobierno. Quizá el ejemplo
más destacado —por su profunda ironía, que no por los montos
sustraídos— fueron los robos en el Instituto para Devolver al Pueblo
lo Robado y que llevaron a la renuncia de su director, Jaime
Cárdenas Gracia, quien denunció la corrupción y los malos manejos.
El presidente insinuó que su otrora funcionario no había podido con el
paquete: “La administración pública, más en épocas de
transformación, exige mucha entrega y fatigas. Hay gente muy buena,
honesta, con convicciones, inteligentes, pero no se les da lo del
trabajo como servidor público”.
Así, el honrado presentado como incapaz, y el visto bueno
presidencial para aquellos que motivaron su renuncia para seguir
robando. El gran corruptor, con sus mil caras, dando luz verde al
cáncer para expandirse más. Las escaleras se barren de arriba abajo,
pero la porquería también se desparrama cuando brota a borbotones
desde la cima. Ser un funcionario cercano al presidente es garantía
de protección e impunidad. Con su extraordinario cinismo ya habitual,
López Obrador defiende a sus subalternos señalados como corruptos
en las mañaneras y proclama que, como él, son honestos. Ni ofrece
investigar y menos pruebas de esa inocencia: como siempre, cree
que su palabra basta para absolver y purificar. Le han entregado su
lealtad absoluta al presidente y a cambio reciben su agradecimiento
en forma de protección e impunidad. Si ataca y cuestiona con
denuedo, con coraje y desprecio, es a los periodistas y medios que
muestran ejemplos de la podredumbre. Cuestiona, ahí sí, sus
intereses y hasta sus sueldos y patrimonio.
López Obrador tiene un ojo casi infalible para encontrar a las
personas que le entregarán su lealtad, pero hay un círculo que
siempre será más cercano y cerrado: la familia. Nada une como la
sangre, y Elena Chávez muestra el relevo generacional que tiene
lugar mientras el líder de la familia —o famiglia, en un sentido literal y
figurado del clan mafioso— ocupa Palacio Nacional. El padre de
AMLO fue, según su narrativa, quien le heredó su rancho en
Palenque, aunque estuvo muy poco tiempo en sus manos, pues ya lo
traspasó a los hijos, junto con otras propiedades. Padres que lo
heredaron, hermanos que recolectaban sobres, y ahora los hijos que
heredan en vida. Es siempre el mismo modus operandi: nada debe
pasar abiertamente por las manos de AMLO, y menos estar
registrado a su nombre. Y quien destaca en el relevo generacional es
el poderoso hijo también llamado Andrés, quien coloca amigos en el
aparato gubernamental y amaña toda clase de tratos con el poder de
su padre.
La valentía e importancia de este libro reside, precisamente, en ser
la dura crónica de lo que está ocurriendo en vivo, de un gobierno en
funciones que concluirá hasta el primer día de octubre de 2024. Es
una radiografía de la metástasis de ese cáncer alimentado por el gran
corruptor en años recientes. Los libros denunciando a un presidente y
sus acciones habitualmente se escriben y publican hasta el siguiente
sexenio, ya a salvo de la ira o represalias que pueden surgir desde el
poder. Elena Chávez tiene el arrojo de denunciar a AMLO mientras es
presidente, buscando destruir todavía más ese teflón de falsedad que
con tanto cuidado construyó a lo largo de años, y de esa forma incidir
en el futuro.
Son páginas notables por su contenido explosivo y revelador, pero
también por su tiempo, este tiempo. Es la trágica continuación de El
rey del cash, quien, como presidente, se ha convertido en el gran
corruptor.
Introducción
Son raros los que, con el poder absoluto,
conservan la moderación y no dan rienda suelta a
sus pasiones.
FRANCISCO I. MADERO
Carta a Porfirio Díaz,
2 de febrero de 1909
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