Hemos vivido días de enojo, frustración, impotencia, dolor, miedo, temor a lo que viene y de coraje a lo que sucede. Una mujer perdió a su marido y un soldado murió en la balacera de Culiacán y pudimos leer en redes a actores políticos escribiendo que no fue una tragedia, que se evitó la muerte de los ciudadanos al entregar a los hijos del narcotraficante más sanguinario que ha tenido México.
Los políticos mexicanos han demostrado una y otra vez ser insensibles a lo que nos pueda ocurrir. No actúan de ninguna manera para parar la delincuencia. No les importa que diario nos roben en el transporte público, que allanen los hogares, que violen a mujeres y a hombres, que prostituyan bebés, niños, adolescentes y adultos ni que el maltrato animal esté a la orden del día. No les importa que el país se caiga a pedazos entre balazos y cárteles de la delincuencia organizada mientras ellos cobren su sueldo, vivan rodeados de guaruras y puedan largarse del país cuando se les pegue su gana.
La sociedad civil está cansada. No toda, claro, existen millones de mexicanos que apoyan las bajezas de los políticos y quienes los ven, incluso, como ídolos o modelos a seguir. Esos ciudadanos son los que dan la mano a la destrucción de la democracia y del progreso de la nación. El México que conocimos una vez, que tenía miras para salir adelante, ya no existe. Ahora vivimos en uno de los peores países del mundo, pues nuestros gobernantes se hincan ante la delincuencia y llenan de mentiras el espacio para poder adoctrinar a los millones de ciudadanos que se creen todo lo que les dicen. Abusan de la ignorancia de algunos, de la falta de autoestima de otros y de la falta de conocimiento de los demás. Así, como el padrecito del pueblo, ese a quien todos le besan la mano y le dan su dinerito para poder lograr un lugar en el cielo, así se comportan millones de mexicanos. El 95 % de los políticos son como ese padrecito, si no les besan las manos, no se toman la molestia ni de voltear a ver a la gente. Su soberbia desborda en altanerías, vulgaridades, comportamientos misóginos, insultos a los ciudadanos y en servilismo al presidente. Los mensajes que publicaron después de la balacera provocada por el cártel de Sinaloa nos dejó clarísimo en manos de quién está el país: de cobardes inservibles a quienes la vida de los mexicanos les importa un cuerno.
Los políticos del mundo junto con ciudadanos, publican sus opiniones y puntos de vista en Twitter. El poder de alcance de esa red social es abismal. Se tiene acceso a leer lo que publican en Rusia, Francia, Estados Unidos, etc. Y obviamente, como cualquier red social, los grupos afines se van seccionando, los mensajes se vuelven comunes y los mensajeros conocidos virtuales. Hace unas semanas enviaron un mensaje anunciando que a un tuitero lo habían asaltado y golpeado con la pistola. Ese golpe le causó un derrame cerebral y tuvo que ser hospitalizado para que le realizaran una cirugía. Los tuiteros que se enteraron, escribieron comentarios de buena vibra para su total recuperación. Después de una semana de incapacidad, el tuitero en cuestión leyó todos los mensajes de abrazo a la distancia que le habían enviado las personas, quienes, sin conocerlo, le desearon bienestar. Esas letras fueron motivación para su recuperación. Lo hicieron sentir parte importante de un grupo social.
Dentro de la lista de buenos deseos hubo uno en particular. Un político se topó con el mensaje inicial y escribió palabras para el ciudadano que había pasado por un episodio traumático y quien se encontraba en una delicadísima cirugía.  El mensaje decía: «¡Saludos y te deseo todo lo mejor!»
El autor del hermoso mensaje fue el embajador de Estados Unidos en México, Christopher Landau. Sí, él envió palabras de buenos deseos a quien no conoce, pero que estaba sufriendo las consecuencias de la delincuencia en México. Ese detalle, que puede parecer pequeño, mostró la calidad humana que ninguno de nuestros políticos tiene con la gente. Políticos que, además, diario escriben en Twitter y reconocen las arrobas de los tuiteros. Gran mensaje de calurosa solidaridad recibió ese ciudadano de la cuenta de un extranjero.
Aprendamos de los demás. No seamos como el 95 % de los políticos mexicanos, que han demostrado ser unos resentidos sociales que cubren y protegen al delincuente. Se separan del ciudadano porque se creen bordados a mano, pero solo demuestran su nula preparación y poca valía. Analicemos nuestros actos. Veamos en qué nos parecemos a esos pelados y cambiemos el rumbo de nuestro actuar. Intentemos sentir al prójimo, abrazar a la distancia. Nuestro país cayó en manos del malvado, del perverso, del soberbio, pero no nos demos por vencidos. Seleccionemos a los ciudadanos afines a nuestro pensamiento. Unámonos. No seamos indolentes.