or tradición fundacional, a
México no le gusta tener ene-
mistades con nadie. No deja
de resultar sorprendente, por
ello, que desde varios estratos
dominantes de Estados Unidos se le dé
trato de enemigo y se busque su desesta-
bilización, su sometimiento y su alinea-
ción incondicional con la abominable
barbarie que el trumpismo proyecta en
el mundo. En realidad, esos estratos,
independientemente de que sean demó-
cratas o republicanos, han operado a lo
largo de la historia como buscadores de
pleitos externos y fabricantes de pretex-
tos para el conflicto y la confrontación.
Ya sea el comunismo, el fundamentalis-
mo islámico, el terrorismo, el narcotráfi-
co, la amenaza de proliferación nuclear
o la simple competitividad comercial e
industrial, todo sirve para alimentar la
necesidad intrínseca del establishment
estadunidense para vivir en guerra per-
manente, y para ello necesita el insumo
de adversarios reales o supuestos.
Muy a su pesar, nuestro país ha si-
do incluido en la lista de enemigos de
Washington, y si bien la administración
Trump ha elevado la hostilidad, el
fenómeno no empezó con ella. Ahora
bien: sembrar la confusión, la incerti-
dumbre, la zozobra y la desinformación
entre las filas del enemigo es algo tan
viejo como andar a pie; el objetivo es
destruir sus certezas y su confianza en
el conocimiento de la realidad; resulta
inapreciable para debilitarlo y ganarle la
guerra, incluso sin disparar un tiro, e in-
capacitarlo para que tome las decisiones
correctas. La guerra sicológica busca
aprovechar todos los vacíos de infor-
mación, todas las grietas organizativas,
todos los disensos que pueda encontrar,
para poblarlos con mentiras e inducir
inseguridad y desmoralización.
En la guerra sicológica se utiliza toda
suerte de mañas, desde exagerar el
poderío de las fuerzas propias –como
cuando Trump afirma que basta con
estacionar uno de “sus” portaviones
frente a Cuba para lograr la rendición
de la isla– hasta recurrir a campañas de
propaganda disfrazadas de información
noticiosa, como la que llevan a cabo im-
portantes medios de Estados Unidos so-
bre una imaginaria connivencia entre las
dirigencias de la Cuarta Transformación
con el narcotráfico. Ya desde tiempos de
Biden, The New York Times alimentaba
esa campaña con pretendidos reportajes
de un periodista laureado.
Una táctica recurrente de la guerra si-
cológica es tratar de convencer al adver-
sario de que está infiltrado por fuerzas
hostiles, o bien, cuando esta infiltración
es real, desorientarlo sobre la verdadera
ubicación de tales fuerzas. Es el caso de
los agentes de la CIA, varios de los cua-
les han venido operando en Chihuahua y
a los que ahora la CNN pretende ubicar
en el estado de México. No viene al caso
de cuál de todas las facciones políticas e
institucionales que se disputan los res-
tos de la presidencia de Trump proviene
esa campaña, pero lo cierto es que resul-
ta muy conveniente para los propósitos
de la propia agencia de espionaje, deses-
tabilización y terrorismo, para cuya ope-
ración la desinformación y la confusión
son dos requisitos principales.
Los grandes medios estadunidenses
suelen hacer aspavientos de independen-
cia y dignidad periodística ante los pode-
res públicos de su país, pero en materia
de política exterior suelen alinearse con
los designios oficiales hasta el punto de
fabricar distorsiones sistemáticas de la
realidad, desde difundir la patraña de las
armas de destrucción masiva que Irak
no poseía y que fueron el pretexto para
arrasarlo, hasta la canallada de llamar
“guerra” al exterminio poblacional em-
prendido por el régimen israelí en Gaza.
Lo mismo ha ocurrido con las fabrica-
ciones que buscan presentar a las autori-
dades mexicanas como vinculadas a los
grupos delictivos que trafican drogas. A
fuerza de insistir en la difamación, entre
esferas gubernamentales, legislativas y
mediáticas del país vecino y fuerzas opo-
sitoras nativas de México se ha ido con-
formando una verdadera industria bina-
cional del prefijo narco-: narcogobierno,
narcopartido, narcopresidenta. Curiosa-
mente, unos y otros omiten siempre que
el único narcogobierno que ha habido en
el país y del que se tienen sobradas prue-
bas documentales es el que encabezó
Felipe Calderón, quien fue incrustado en
Los Pinos por la embajada de Washing-
ton aquí (https://is.gd/6lxViL) y en cuyo
espuriato oficinas de Washington como
la DEA y la ATF lavaron dinero de los
cárteles y armaron generosamente al de
Sinaloa.
Tal vez algún día se sepa con precisión
el punto en el que termina la CIA y em-
pieza la CNN. Por lo pronto, la opinión
pública mexicana debe tener claro que
la campaña de desinformación de la
que forman parte estas piezas de su-
puesto periodismo es parte de la guerra
sicológica nada soterrada emprendida
desde diversos círculos de poder del país
vecino en contra de un enemigo que no
lo es y que, en contraste con su contra-
parte estadunidense, ha demostrado de
manera fehaciente su disposición a la
colaboración en todos los ámbitos, salvo
en uno: el de las facultades soberanas
del país.
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viernes, 15 de mayo de 2026
Guerra sicológica de los morenarcos judaicos
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