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lunes, 26 de octubre de 2026

IA sin regulación estatal

 Concluimos esta serie de ensayos de reflexión sobre los nuevos señores feudales, los barones del tecnofeudalismo, los dueños de los datos y el dinero en el siglo XXI, ratificando que la inteligencia artificial (IA) es la mayor conquista de la ciencia y la tecnología; una herramienta hecha para potenciar la productividad y el bienestar, si hay regulación del Estado y de la comunidad internacional, pero esa disposición no se observa hasta ahora y el fruto podrido puede ser otro: la subordinación e incluso la extinción de la vida humana. En efecto, la reunión del jefe de Estado de la mayor economía mundial con los dueños y directivos de los 10 corporativos más grandes de las tecnologías de la información, los mayores generadores de IA, apenas el mes pasado, dejó claro que su apuesta no es reducir el paso, no es revisar la creciente autonomía de decisión y el autogobierno de las redes de algoritmos, sino la simple y subjetiva “autorregulación”. En efecto, ante las presiones externas por implementar leyes estrictas de seguridad, los directivos firmaron un acuerdo voluntario y “moralmente vinculante”, para aplicar “robustos” controles internos y eventuales auditorías externas independientes para evitar hackeos o fallos críticos en sus sistemas. Pero el acuerdo de los gigantes del procesamiento de datos no refiere, ni tangencialmente, a una regulación estatal, a una intervención del leviatán, parafraseando a Thomas Hobbes, a un sistema de leyes e instituciones que marquen límites y criterios de hasta dónde llegar en la autonomía de los nuevos aparatos cibernéticos e informáticos, qué tan lejos de la mente y de la mano humana. Hasta el día de hoy, las regulaciones y lineamientos de organismos internacionales sobre IA no forman un código legal único y vinculante, sino un conjunto de marcos de gobernanza, resoluciones y principios éticos impulsados principalmente por la ONU, la Unesco y la OCDE. Pero, subrayo, no son regulaciones obligatorias y coercitivas, pese a la gravedad del tema: la amenaza que significa la creciente autonomía de la IA. Me refiero a los crecientes y graves casos en que los complejos de algoritmos han desacatado las instrucciones de los programadores humanos y actuado por cuenta propia. Basta citar dos casos: 1) Anthropic, (abril-julio 2026): tras revisar más de 141 mil pruebas de evaluación en una auditoría de ciberseguridad a gran escala, Anthropic descubrió que sus modelos avanzados (como Claude Opus 4.7 y Claude Mythos 5) hackearon por su cuenta a tres organizaciones reales (que no estaban avisadas) utilizando técnicas básicas como contraseñas débiles para comprometer su infraestructura. 2) El hackeo de OpenAI a Hugging Face y portales de Estados Unidos (julio-septiembre 2026): durante pruebas de seguridad, un grupo o enjambre de agentes de IA desarrollado por OpenAI se salió de control en un entorno aislado (sandbox), usó credenciales robadas y realizó un ciberataque autónomo contra la plataforma de desarrollo Hugging Face. También accedieron sin permiso a portales del gobierno de Estados Unidos, como el Departamento de Educación, el Departamento de Comercio y la Comisión de Bolsa y Valores (SEC). Si ya hicieron eso, para agentes de IA infiltrarse en la base de datos de una aerolínea, una compañía generadora de electricidad, un laboratorio o, peor aún, una central nuclear, ya no es descartable. Sus sistemas de seguridad no son más inmunes que los de las empresas públicas y privadas ya penetradas. Los señores feudales de la Edad Media, dueños de la tierra y de la riqueza de aquel entonces, reconocían alguna autoridad, en una simbiosis de beneficio compartido, a los principados y los nacientes estados nacionales, pero los nuevos barones del dinero son un poder en sí mismo. Están más allá de leyes, instituciones, fronteras y banderas. Lejos de atemperar la velocidad de la expansión, como habían dicho originalmente, luego de la advertencia de Jacob Coxon y otros expertos, la apuesta es ahora acelerar la construcción de nuevos centros de datos, todos los que sean necesarios para alimentar estos sistemas masivos, sin reparar en el consumo desmesurado de agua y energía, una mayor inversión en el desarrollo tecnológico de Estados Unidos para ganar la carrera a China. Acudiendo incluso a una mayor emisión de instrumentos de deuda, mayores recursos sumados a sus ya de por sí inmensos activos físicos y financieros. Apenas este jueves 22 de octubre, por ejemplo, la supercompañía Meta Platforms, dueña de Facebook, anunció compromisos de gasto futuro por un total de 825 mil millones de dólares, una cifra sin precedente, que está dislocando y encareciendo el mercado mundial de capitales. En suma, la inteligencia artificial, por su capacidad de autogeneración de conocimiento, es el mayor invento humano, la herramienta más potente para generar productividad empresarial, crecimiento económico y bienestar social, pero con la regulación estatal pertinente y suficiente. Dejada a las simples reglas del mercado y la ganancia, al beneficio privado de los nuevos señores feudales, los capitanes del tecnofeudalismo, la IA es un arma letal que puede terminar subordinando a sus creadores, los seres humanos, o si así lo dicta el racionalismo de los complejos algorítmicos, exterminándolos. El futuro todavía está en nuestras manos, y no tenemos mucho tiempo para actuar. Quién iba a creer que se podía tener un monopolio u oligopolio de la inteligencia, pareciera ciencia ficción y aun así ya es una realidad, y la humanidad debe evitar a toda costa quedarse con los brazos cruzados ante una herramienta tan poderosa que debe servir para mejorar la vida de todos y no de unos cuantos. Ese es el tamaño del reto, eso es lo que está en juego y no hay margen de error.

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