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viernes, 28 de febrero de 2020

Esperando al coronavirus

   
Especial
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El coronavirus COVID-19 se expande por el mundo –ya está en los cinco continentes–, pero por ningún lado aparece un plan del gobierno mexicano para recibirlo como se debe.
A menos de que los preparativos se estén guardando celosamente (no veo la razón para hacerlo), lo más probable es que cuando llegue la infección a México no estemos listos.
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A diferencia de lo que sucedió hace once años con la influenza AH1N1, de la que México fue lugar de origen, nuestro país ha tenido dos meses para preparar una respuesta.
Qué bueno que hasta ahora lo único que ha tenido que hacer el gobierno es someter a pruebas a una veintena de personas con síntomas semejantes a los del COVID-19 y anunciar que fueron falsas alarmas. Pero, ¿qué pasaría en caso de un brote real?
No es difícil imaginar que con un sistema de salud con grandes deficiencias –que, por ejemplo, carece de medicinas para atender distintos padecimientos e incluso de camas hospitalarias–, el coronavirus se propagaría rápidamente.
¿Dónde están las mascarillas que el gobierno ya debiera tener y haber distribuido por toda la geografía nacional? ¿Con cuántos respiradores contamos? ¿Cómo se protegería a los trabajadores de la salud, muy vulnerables en estos casos?
Quién sabe.
La curva de aprendizaje y las improvisaciones de este gobierno pueden no notarse o no tener efectos generalizados la mayoría de las veces, pero ante un peligro como el coronavirus, las autoridades no pueden arriesgarse a tocar por nota. Sobre todo cuando no se saben la tonada.
Un brote de coronavirus no sólo pondría en riesgo de muerte a centenares o miles de personas. De no contenerse rápidamente, podría afectar la salud de la economía, que el año pasado, como se confirmó el martes, se contrajo 0.14 por ciento. No cabe duda que los mercados castigarían duramente cualquier traspiés en la mitigación.
En 2009 se cometieron muchos errores. Pero la mayor parte de ellos estuvo del lado de la sobrerreacción. Lo mejor en estos casos es hacer justo lo necesario, pero si se ha de errar, es mejor hacer de más que de menos.
Esta semana hemos escuchado al secretario de Hacienda y al Presidente decir que “no hay que exagerar” ante el peligro que entraña el coronavirus. Francamente, eso me preocupa.
Ayer, Andrés Manuel López Obrador dijo que México no podía “discriminar” a los pasajeros del crucero Meraviglia, que llegó a costas mexicanas luego de ser rechazado por autoridades de Jamaica e Islas Caimán por un caso sospechoso de infección entre la tripulación del barco.
Ése no es el enfoque adecuado. Aquí no estamos hablando de un caso similar al del buque MS St Louis, a cuyos 900 pasajeros judíos –que en la primavera de 1939 huían de la maquinaria de muerte de los nazis– se negó repetidamente el desembarco en América y tuvieron que volver a Europa.
Los pasajeros del Meraviglia no son refugiados. No tiene sentido hablar de “discriminación” o “falta de humanidad”. El caso ameritaba ser tratado con cuidado y criterios científicos y sin retórica, porque es un tema de salud pública. Un solo pasajero infectado puede poner en riesgo a muchas personas, como se probó recientemente en el crucero Diamond Princess, anclado frente a Yokohama, Japón.
Cuando se escucha a una autoridad politizar una situación así, la conclusión es que no tiene idea de lo que está haciendo. Especialmente si el necesario plan de contingencia para casos como éste no aparece por ningún lado.
Dejemos de esperar al coronavirus con el tedio y el desparpajo con el que Vladimir y Estragón aguardaban a Godot en la obra de Samuel Beckett. Porque éste, de que llega, llega.
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BUSCAPIÉS
*Al designar a un contumaz apoyador del Presidente y miembro de la estructura de Morena como miembro del Comité Técnico para la evaluación de los aspirantes a consejeros electorales, la Comisión Nacional de Derechos Humanos –encabezada de forma ilegítima por otra morenista– ha dado la razón a quienes señalan que ese organismo ha perdido cualquier viso de autonomía y, por tanto, carece ya de sentido y se ha vuelto un desperdicio de recursos públicos.

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