La globalización de la pobreza
Llamamos así a la lógica común que produce y reproduce el empobrecimiento de
las personas en todo el mundo
La acción globalizadora sobre la economía
La crisis capitalista que estalló en el año 2008 está transformando el mundo
con una radicalidad que sólo tiene parangón en los orígenes del capitalismo.
Como diagnosticó Karl Polanyi en su imprescindible La gran transformación: «El
mecanismo que el móvil de la ganancia puso en marcha únicamente puede ser
comparado por sus efectos a la más violenta de las explosiones de fervor
religioso que haya conocido la historia. En el espacio de una generación toda la
tierra habitada se vio sometida a su corrosiva influencia». 1 El triunfo del
neoliberalismo en los años ochenta del siglo pasado dio inicio a una “segunda
corrosión”, que arrasó las economías de los países del Sur con los planes de
ajuste estructural y comenzó una demolición sistemática tanto de los sistemas
públicos en los que estaba basado el Estado del Bienestar como de los valores
morales asociados a ellos.
Al comienzo de la crisis financiera que hoy
sufrimos, se hizo célebre una frase del entonces presidente francés, Nicolas
Sarkozy, llamando a «refundar sobre bases éticas el capitalismo». Expresaba así
los temores de las élites hacia el rechazo social a un modelo económico
desnudado por la caída de Lehman Brothers y las tramas ocultas de la
financiarización que, en aquel momento, sólo empezaban a emerger.
Lamentablemente, esa contestación no llegó a alcanzar ni la fortaleza necesaria
ni una expresión política significativa en los países del Centro, con la
excepción de la organización Syriza en Grecia.
Una vez comprobada la
debilidad del adversario, cambió radicalmente el sentido de la “refundación”.
«Claro que hay lucha de clases. Pero es mi clase, la de los ricos, la que ha
empezado esta lucha. Y vamos ganando». El lema del multimillonario Warren
Buffett, que como tantos otros –George Soros en primer lugar– ejerce de
filántropo en los ratos libres con las migajas de sus actividades de
especulación financiera, resume la dinámica fundamental de la situación
internacional: ciertamente, asistimos a un intento de “refundación del
capitalismo”, pero no sobre “bases éticas”, sino sobre las bases de la lucha de
clases y por medio de la acumulación por desposesión –según la expresión de
David Harvey– de los bienes comunes y públicos, y de los derechos sociales y las
condiciones para una vida digna de la gran mayoría de la población mundial. 2
Las políticas de ajuste estructural de los ochenta y noventa en el Sur imperan
ahora en la Unión Europea con fundamentos similares y nombres diversos:
austeridad, disciplina fiscal, reformas, externalizaciones.
Este es el
marco general de la “globalización de la pobreza” que es el tema del presente
artículo. Llamamos así a la lógica común que produce y reproduce el
empobrecimiento de las personas en todo el mundo, tanto en el Norte como en el
Sur. Pero es necesario analizar las diferencias en los procesos políticos y
económicos creadores de pobreza, en sus consecuencias materiales en la vida de
las clases trabajadoras y en las percepciones sociales que se tienen de estos
procesos. Mostraremos también el rol que, desde los gobiernos de los países
centrales y las instituciones multilaterales, quiere asignarse al mercado y a
las grandes empresas en la erradicación de la pobreza, así como el papel
residual que va a cumplir la cooperación internacional para el desarrollo tras
el estallido del crash global.
Somos conscientes de que las categorías,
que utilizaremos indistintamente, Norte/Sur o Centro/Periferia simplifican la
realidad, en general, y especialmente en lo que se refiere a la pobreza. Sin
duda, hay muchos “Sures”, e incluso dentro de un mismo continente hay una enorme
distancia política y social entre, por ejemplo, México y los países de la
Alianza Bolivariana para América (ALBA). En los límites de este texto,
trataremos de analizar por qué todavía pueden señalarse excepciones a esta
regla, que aún permiten establecer diferencias significativas en el tratamiento
que se da a la pobreza en los países centrales y periféricos. Para ello,
partiremos de datos fiables, entre los que no está, por cierto, el Índice de
Desarrollo Humano del PNUD, que en el año 2011 situaba a Chipre en el muy
honorable puesto 31 y con tendencia ascendente; por tener una referencia,
Venezuela ocupaba el puesto 71 en la misma clasificación.
Entre
la pobreza y las “clases medias”Según una interpretación
ampliamente difundida, la crisis capitalista está siguiendo un curso paradójico
que cuestiona los esquemas tradicionales sobre la jerarquía Norte-Sur: mientras
que las economías del Centro, especialmente la de la Unión Europea, bordean o se
hunden en la recesión, las economías periféricas, sobre todo las de los países
llamados “emergentes”, mantienen año tras año altos niveles de crecimiento, por
encima del 5% del PIB. Una de las consecuencias de esta asimetría es que la
pobreza ha hecho su aparición en el Norte como un problema político importante,
con un gran impacto social, mientras que, a la vez, parecería estar en retroceso
en el Sur. Frecuentemente, se asocia esta situación con el estado de las “clases
medias”, nuevo mantra sociológico que se ha convertido en el criterio de medida
de numerosos fenómenos sociopolíticos relevantes, desde la movilidad social a la
crisis de la democracia.
Hay en estos enfoques datos relevantes que dan
cuenta de cambios profundos en la situación internacional: por ejemplo, la
relativa y desigual autonomización de los países del Sur, bajo el liderazgo de
aquellos que forman parte de los BRICS –Brasil, India, China y Sudáfrica; no
cabe incluir a Rusia desde ningún punto de vista en la categoría “Sur”–,
respecto a los “viejos” imperialismos, EEUU y la UE. 3 En lo que se refiere a la
lucha contra la pobreza, sin embargo, esta consideración del contexto
internacional es más que discutible. Empezaremos por el Sur, planteando dos
tipos de problemas: el primero, la valoración de los logros alcanzados en la
erradicación de la pobreza; el segundo, el uso y la manipulación de la categoría
“clases medias”.
Con la habitual afición de los políticos del
establishment a las cifras redondas, el secretario general de Naciones
Unidas ha contado los mil días que quedan para alcanzar los Objetivos de
Desarrollo del Milenio (ODM) y se ha mostrado extraordinariamente satisfecho de
los logros ya alcanzados. En especial, porque en los últimos doce años «600
millones de personas han salido de la pobreza extrema, lo que equivale al 50%».
El cálculo es cuanto menos engañoso: según el Banco Mundial, en 1990 el 43% de
la población mundial vivía con menos de 1,25 dólares al día, mientras en 2010
esta cifra ha caído al 21%; esta es la reducción a la mitad a la que se refiere
Ban Ki-moon. Pero no informa ni de las condiciones de extrema pobreza que siguen
existiendo cuando se supera la barrera de los 1,25 dólares de ingreso diario
–más del 40% de la población mundial sobrevive con menos de dos dólares al día–,
ni de que cerca de 1.300 millones de personas siguen viviendo por debajo de ese
nivel. Al final, esa reducción de la pobreza extrema se debe a los grandes
países emergentes, fundamentalmente a China, y no tiene nada que ver con las
políticas y proyectos inspirados en los ODM ni tampoco con la ortodoxia
económica imperante.
En la presentación de esta nueva campaña, que tuvo
lugar el pasado 2 de abril en la Universidad de Georgetown bajo la marca de «Un
mundo sin pobreza», el presidente del Banco Mundial, Jim Yong Kim, afirmó: «Nos
hallamos en un auspicioso momento histórico, en que se combinan los éxitos de
décadas pasadas con perspectivas económicas mundiales cada vez más propicias
para dar a los países en desarrollo una oportunidad, la primera que jamás hayan
tenido, de poner fin a la pobreza extrema en el curso de una sola generación».
No puede tomarse en serio un proyecto que tiene como punto de partida una visión
tan poco consistente de la situación internacional, en la que por cierto no
podía faltar la ya habitual coletilla generacional.
La ingeniería
estadística sobre las “clases medias” merece una mayor atención. Un reciente
estudio publicado por el Banco Mundial 4 propone un cambio importante en la
caracterización y medición de la pobreza: lo más significativo es el uso del
concepto de «seguridad económica», entendido como «baja probabilidad de volver a
caer en la pobreza». De ahí nace una nueva categoría, la población «vulnerable»,
una estación de paso desde la pobreza hasta la entrada en la «nueva clase
media», formada por quienes han alcanzado la «seguridad económica» y
garantizarían la «estabilidad económica futura». La suma de pobres, vulnerables
y clase media supone el 98% de la población latinoamericana; por tanto, la
medida del éxito en la lucha contra la pobreza sería una movilidad social
ascendente hacia la clase media. Esto es lo que, según los autores, está
ocurriendo, ya que «la clase media en América Latina creció y lo hizo de manera
notable: de 100 millones de personas en 2000 a unos 150 millones hacia el final
de la última década». Nos estaríamos acercando, siguiendo esa argumentación, a
un continente de “clases medias” que habría superado definitivamente el peso
determinante de la pobreza.
Aunque los criterios cuantitativos sean sólo
unos de los que deben ser tenidos en cuenta en el análisis de la pobreza, en
ocasiones son imprescindibles para concretar los términos del debate. 5 Si
hacemos caso al Banco Mundial, se considera pobres a quienes tienen ingresos
inferiores a 4 dólares; estos vienen a representar el 30,5% de la población
latinoamericana. Las personas que tienen entre 4 y 10 dólares al día serían las
“vulnerables”, el 37,5% de la ciudadanía de América Latina. Por encima de los 10
hasta los 50 dólares de ingreso diario estaría la “clase media”, el 30% de la
población continental. Por último, el 2% restante son los considerados “ricos”,
que ingresan más de 50 dólares al día. Tomando como referencia el salario mínimo
existente en Ecuador, unos 300 dólares mensuales, podemos comprobar, en fin, que
con un ingreso como este se tendría acceso a la “clase media”. No parece, pues,
que tal clasificación sea razonable: lo suyo sería concluir que, al menos, el
68% de la población latinoamericana es pobre. Y además, continuando con la
referencia ecuatoriana, vemos que esa “clase media” se compondría, en realidad,
de trabajadores con ingresos de entre uno y cinco veces el salario mínimo, es
decir, quienes están entre un frágil escalón por encima la pobreza y el nivel
medio-alto de la población asalariada.
Brasil aparece como uno de los
principales estandartes utilizados para justificar todo este proceso de ascenso
de las “clases medias”. Así, el Gobierno brasileño define como clase media a
quienes alcanzan un ingreso per cápita mensual de entre 291 y 1.019 reales, 6 de
manera que el 54% de la población del país pertenecería a esta supuesta “clase
media”. En la última década, 30 millones de personas (el 15% de la población)
habrían “salido de la pobreza”, ya que pasaron a disponer cada mes de ingresos
superiores a 250 reales. Teniendo en cuenta que en Brasil el salario mínimo es
de 678 reales, esta “clase media” tendría unos ingresos que oscilarían entre el
42% y el 150% de un salario mínimo. Con semejantes criterios, parece fácil
alardear de que Brasil sea ya un país de “clases medias”, unas “clases medias”
cuyos ingresos no permiten siquiera alcanzar una cobertura digna de las
necesidades básicas.
Es verdad que, para evaluar esta cobertura, también
hay que tener en cuenta otros factores; sobre todo, la extensión y calidad de
los servicios públicos al alcance de los ciudadanos y, por tanto, el volumen de
gasto social destinado a ellos. Por eso es muy importante tener en cuenta que,
en cuestiones económicas básicas, Brasil, como la gran mayoría de los países del
Sur, se somete a la ortodoxia dominante: con nueve días del pago de la deuda
externa podría cubrirse todo el presupuesto del programa Bolsa Familia, eje de
la política asistencial y de la base electoral del partido gobernante. 7 Si
podemos decir que con la crisis capitalista los programas de ajuste estructural
han viajado del Sur al Norte, los fundamentos del Estado del Bienestar, por el
contrario, no han hecho el viaje desde el Norte hasta el Sur.
Dice David
Harvey que «el crecimiento económico beneficia siempre a los más ricos».
Efectivamente, ellos están siendo los principales beneficiarios del crecimiento
en los países del Sur, de ahí que el incremento del PIB se vea acompañado del
aumento sostenido de la desigualdad. La bonanza económica no está produciendo un
incremento de esas ficticias “clases medias”, sino de millones de empleos
precarios, con bajos ingresos, mínimos derechos laborales y grandes carencias en
servicios sociales. “Trabajos brasileños” se les llama, precisamente, en algunos
análisis sociológicos con sentido crítico. Pero son mucho más habituales los
enfoques afines a las ideas del Banco Mundial, que en sus versiones más
delirantes llegan nada menos que a llamar “neoburguesía” a la “clase media”.
No han terminado los procesos de empobrecimiento en el Sur, pero es cierto
que se han modificado. Sustancialmente, sólo en aquellos países –como Venezuela–
que están realizando un esfuerzo considerable más allá del incremento de los
ingresos de los trabajadores pobres, apostando por el establecimiento de
potentes redes públicas de educación, vivienda y sanidad. Sin embargo, en la
gran mayoría de los países, se ha pasado de la extrema pobreza al empleo
extremadamente precario, en un camino que además tiene vuelta atrás. Si las
frágiles expectativas de movilidad social ascendente se quebraran, una
posibilidad nada descartable dadas las actuales perspectivas de la economía
global, la situación en el Sur tendería a parecerse más a las revoluciones
árabes que a los ficticios paraísos de la “clase
media”.
Extensión y percepción social de la
pobrezaEn la Unión Europea, antes del estallido de la crisis
financiera, 80 millones de personas –el 17% de la población– sobrevivían en la
pobreza. En el año 2010, la cifra había aumentado hasta los 115 millones de
personas (23,1%) y se estimaba que un número similar se encontraba «en el filo
de la navaja». 8 Pero, para entender la situación actual, hay que considerar la
etapa anterior al crash global. Porque si es significativo y alarmante el
crecimiento de la pobreza, también debía haberlo sido que antes de 2008 la
pobreza fuera ya una lacra masiva tanto en la Unión Europea como en España,
donde entre 2007 y 2010 pasó de afectar a 10,8 millones de personas (23,1% de la
ciudadanía) a 12,7 millones (25,5%).
La extensión de la pobreza es, sin
duda, un problema de primera magnitud. Creemos, sin embargo, que no explica por
sí sola que en cinco años la pobreza haya pasado de ser considerada por la
mayoría de la población europea como un problema marginal y ajeno, “invisible”,
cuyo control quedaba a cargo de las organizaciones asistenciales y con mínimos
subsidios públicos, a afectar a la situación y los temores de esa mayoría de la
ciudadanía que se consideraba liberada para siempre de “caer en la pobreza”. Se
afirma ahora que la pobreza se ha hecho más intensa, más extensa y más cíclica.
De estas características hay que destacar la tercera, que indica una tendencia
al incremento de la pobreza sin “brotes verdes” en el horizonte, estimulada por
las políticas que se imponen implacablemente en la Unión Europea, sin
alternativas creíbles a medio plazo. La pobreza se ha hecho “visible” en la UE
no sólo porque haya más pobres, sino fundamentalmente porque se ha masificado la
conciencia del riesgo de caer en la pobreza. 9
Diagnosticar el problema como una “crisis de las clases medias” es una
simplificación que no permite entender ni las causas de la crisis actual ni las
condiciones básicas para revertir esa tendencia al empobrecimiento. También en
los países del Norte este es un concepto manipulable y fundamentalmente
subjetivo: un mileurista era hace unos pocos años el símbolo de la precariedad,
hoy sería considerado un miembro más de la “clase media”. Es más útil considerar
en su conjunto los elementos principales, bien conocidos, que han ido
produciendo la corrosión de la “seguridad social”, con minúscula, característica
fundamental del Estado del Bienestar: el paro masivo, de larga duración y con
subsidios decrecientes; el incremento de los “trabajadores pobres” porque el
trabajo precario y sometido al poder patronal ya no asegura ingresos suficientes
para una vida digna; los recortes drásticos en el empleo en la administración y
en los servicios públicos, que amenazan al funcionariado; el riesgo de no poder
hacer frente a las deudas contraídas en la etapa anterior, que permitieron una
burbuja de alto consumo en las clases trabajadoras pese a la tendencia
generalizada a la caída de los salarios desde los años noventa; el deterioro de
la calidad de la sanidad y la educación, y el aumento de los pagos a cargo de
los usuarios que sirven para avanzar en su privatización.
Todo este
conjunto de medidas responde a una lógica común que es el principio fundamental
de la economía política neoliberal: la reducción sistemática del coste directo e
indirecto de la fuerza de trabajo. En condiciones de relaciones de fuerzas muy
favorables para el capital, eso termina desgarrando las redes de seguridad que
constituían la base de estabilidad del sistema. Es aquí, en la debilidad de las
clases trabajadoras, incluso aquellas que consideraban un logro garantizado el
empleo estable de calidad, con sanidad y enseñanza básica públicas y gratuitas y
jubilación en condiciones dignas, donde ha nacido el pánico a la pobreza y, al
mismo tiempo, la impotencia para hacerle frente. Y es que, a diferencia de la
situación en muchos países periféricos, donde con independencia de la
orientación política de los gobiernos se ponen en marcha políticas focalizadas
en la pobreza –habitualmente por razones de gestión de conflictos y construcción
de clientelas electorales, muy alejadas de la idea de solidaridad–, en los
países del Centro, y particularmente en la UE, las políticas que se aplican
siguen sometidas a la “regla de oro” de privilegiar los intereses del capital
sobre las necesidades de la población, tratando la atención social a la
población empobrecida como un lastre y recortando sistemáticamente los fondos
destinados a ella. En este contexto, que el año 2010 haya sido etiquetado como
el «Año Europeo de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social» no deja de ser
un sarcasmo.
Desde los primeros estudios de los conflictos sociales
característicos de la sociedad capitalista, se ha considerado un rasgo
fundamental de la clase obrera la “inseguridad” en las condiciones de vida.
Cuando, gracias a las políticas propias del Estado del Bienestar, pareció que
esta característica desaparecía para una gran parte de la población trabajadora,
la categoría de “clase media” cumplió la función de certificar esa nueva
situación: «Hemos dejado de ser clase trabajadora», vino a decirse entonces. El
neoliberalismo desarrolló con éxito «una demonización de la clase obrera», según
la expresión de Owen Jones en su excelente reportaje Chavs, 10 tratando a esta
como un grupo social en declive, cuyos ingresos no provienen del trabajo sino de
los subsidios públicos.
Generalizando la inseguridad social y aproximando la amenaza de la pobreza,
la crisis está debilitando estas barreras ideológicas que fragmentaban el tejido
social de las clases trabajadoras. Pero no caerán si no se enfrentan a
alternativas que comprendan que sólo puede lucharse eficazmente por la
erradicación de la pobreza venciendo a quienes la
producen.
Mercado y empresas para “luchar contra la
pobreza”«El capital, las ideas, las buenas prácticas y las
soluciones se extienden en todas direcciones». 11 Sumidos en una crisis
económica, ecológica y social como nunca antes había conocido el capitalismo
global, estamos asistiendo al final de la “globalización feliz” y a la
demolición de la belle époque del neoliberalismo. 12 Pero las grandes
corporaciones y los think tanks empresariales insisten en no darse por aludidos;
lejos de cuestionar su responsabilidad en el actual colapso del sistema
socioeconómico y en la crisis civilizatoria, las empresas transnacionales
vuelven a presentarse como el motor fundamental del desarrollo y la lucha contra
la pobreza. Según el pensamiento hegemónico, la gran empresa, el crecimiento
económico y las fuerzas del mercado han de ser los pilares básicos sobre los que
sustentar las actividades socioeconómicas de cara a combatir la pobreza.
Eludiendo su responsabilidad en el origen de la crisis sistémica que hoy
sufrimos, así como el hecho de que ellas están siendo precisamente las únicas
beneficiarias del crack, las grandes corporaciones nos proponen más de lo mismo:
que el fomento de la actividad empresarial, la iniciativa privada y el
emprendimiento innovador sean los argumentos fundamentales para la “recuperación
económica”.
Esta reorientación empresarial consiste en aplicar, junto con
una táctica defensiva basada en el marketing, una estrategia ofensiva para pasar
de la retórica de la “responsabilidad social” a la concreción de la “ética de
los negocios” en la cuenta de resultados mediante toda una serie de técnicas
corporativas. Y su objetivo no es el de atajar las causas estructurales que
promueven las desigualdades sociales e imposibilitan las condiciones para vivir
dignamente a la mayoría de la población mundial, sino gestionar y rentabilizar
la pobreza de acuerdo a los criterios del mercado: beneficio, rentabilidad,
retorno de la inversión. Es lo que hemos denominado pobreza 2.0 y constituye uno
de los negocios en auge del siglo XXI. 13 En los países del Sur global, por un
lado, eso se traduce en el deseo del “sector privado” de incorporar a cientos de
millones de personas pobres a la sociedad de consumo; en el Norte, por otro,
significa la no exclusión del mercado de la mayoría de la población, una
cuestión central ante el creciente aumento de los niveles de pobreza en las
sociedades occidentales como consecuencia de las medidas económicas que se están
adoptando para “salir de la crisis”.
«Ya es hora de que las corporaciones
multinacionales miren sus estrategias de globalización a través de las nuevas
gafas del capitalismo inclusivo», escribían hace diez años los gurús
neoliberales que llamaban a las grandes empresas a poner sus ojos en el inmenso
mercado que forman las dos terceras partes de la humanidad que no son “clase
consumidora”. «Las compañías con los recursos y la persistencia para competir en
la base de la pirámide económica mundial tendrán como recompensa crecimiento,
beneficios y una incalculable contribución a la humanidad», decían entonces. 14
Hoy, las corporaciones transnacionales han asumido plenamente esta doctrina
empresarial y han puesto en marcha una variada gama de estrategias, actividades
y técnicas que tienen como objetivo que las personas pobres que habitan en los
países del Sur se incorporen al mercado global mediante el consumo de los
bienes, servicios y productos de consumo que suministran estas mismas empresas.
“Responsabilidad social”, “negocios inclusivos” en “la base de la pirámide”,
“inclusión financiera”, “alfabetización tecnológica” y, en definitiva, todas
aquellas vías que permitan lograr el acceso a nuevos nichos de mercado se
justifican con el argumento de que van a contribuir al “desarrollo” y la
“inclusión” de las personas pobres. Pero, como recalcó Evo Morales en la última
Cumbre Unión Europea-CELAC, «cuando nos sometemos al mercado hay problemas de
pobreza; problemas económicos y sociales, y la pobreza sigue
creciendo».
Al mismo tiempo, en los países centrales, donde también están
aumentando los niveles de pobreza y desigualdad, en vez de emplear los recursos
públicos en políticas económicas y sociales que pudieran poner freno a esa
situación, las instituciones que nos gobiernan no se han salido de la ortodoxia
neoliberal y han emprendido toda una serie de contrarreformas que van a
contribuir a aumentar el empobrecimiento de amplias capas de la población. Y las
grandes empresas, en este contexto, están rediseñando sus estrategias para no
perder cuota de mercado: «En Madrid, Londres o París también hay favelas, aunque
no se llamen así», sostiene un experto brasileño en “la base de la pirámide”,
«es un mercado creciente que compone la nueva clase media con poder de consumo».
15 Gigantes como Unilever, por ejemplo, ya están pensando en trasladar aquí
estrategias que antes probaron que funcionaban en países del Sur. 16 Pero,
aunque algunas multinacionales están viendo cómo aplicar en Europa la lógica de
los “negocios inclusivos”, la mayoría de las grandes corporaciones ha optado por
no innovar demasiado cuando lo que se trata es de seguir incrementando los
beneficios: la continuada presión a la baja sobre los salarios 17 y la expansión
de la cartera de negocios a otros países y mercados han sido, hasta el momento,
las vías preferidas por las empresas para continuar con sus dinámicas de
crecimiento y acumulación.
La tendencia a considerar el incremento del
crecimiento económico como la única estrategia posible para la erradicación de
la pobreza se ha visto reforzada desde que estalló la crisis financiera. Con el
actual escenario de recesión, las grandes corporaciones pretenden incrementar
sus volúmenes de negocio y ampliar sus operaciones en las regiones periféricas
para así contrarrestar la caída de las tasas de ganancia en Europa y EEUU. Por
su parte, los gobiernos de los países centrales abogan por un aumento de las
exportaciones y de la internacionalización empresarial como forma de “salir de
la crisis”. Según la doctrina neoliberal, la expansión de los negocios de estas
compañías a nuevos países, sectores y mercados redundará en un incremento del
PIB y, por consiguiente, en una mejora de los indicadores socioeconómicos,
fundamentalmente en el aumento del empleo. «La única solución posible para
superar la crisis y volver a crear puestos de trabajo es recuperar el
crecimiento económico», resume el presidente de La Caixa, quien para lograrlo
propone «buscar nuevas fuentes de ingresos, diseñar nuevos productos y abrir
nuevos mercados». 18
A pesar de que las afirmaciones acerca de una correlación directa entre el
crecimiento del PIB y los avances en términos de desarrollo humano no
resistirían ningún análisis serio, la idea de que crecimiento económico es
equivalente a desarrollo se ha hecho dominante en el discurso de la “lucha
contra la pobreza”. De esta manera, las referencias al crecimiento de las
economías nacionales –cuantificadas exclusivamente a través del aumento del PIB–
como vía para la superación de la pobreza no solo forman parte de toda la
arquitectura discursiva de la agenda oficial de desarrollo, sino que además se
están pudiendo llevar a la práctica mediante la asignación de medios y recursos
públicos para las estrategias de fomento de la actividad empresarial y de los
“negocios inclusivos”. Esto es así porque las principales agencias de
cooperación y los gobiernos de los países del Centro, así como los organismos
multilaterales, las instituciones financieras internacionales e incluso muchas
ONGD, avalan este discurso y trabajan por incorporar al “sector privado” en sus
estrategias de desarrollo.
De la cooperación internacional a la filantropía
empresarialLa cooperación para el desarrollo, en tanto que
política pública de solidaridad internacional, difícilmente encuentra encaje en
este marco. Y es que, en las contrarreformas estructurales que se imponen en la
actualidad, la cooperación internacional no está teniendo un destino diferente
al del resto de los servicios públicos: la privatización y la mercantilización.
No puede decirse que en los últimos años se haya provocado un cambio de rumbo en
la senda emprendida por los principales organismos y gobiernos que lideran el
sistema de cooperación internacional, sino más bien lo contrario: en el marco de
la búsqueda de alternativas neoliberales para huir hacia delante con la actual
situación, la crisis ha llevado a que toda la renovada orientación estratégica
de la cooperación para el desarrollo se refuerce y cobre aún más
sentido.
Por eso, estamos asistiendo a una profunda reestructuración de
la arquitectura del sistema de ayuda internacional con vistas a reformular el
papel que han de jugar, tanto en el Norte como en el Sur, los que se considera
que son los principales actores sociales –grandes corporaciones, Estados,
organismos internacionales y organizaciones de la sociedad civil– en las
estrategias de “lucha contra la pobreza”. La hoja de ruta para los próximos
tiempos parece clara: otorgar la máxima prioridad al crecimiento económico como
estrategia hegemónica de lucha contra la pobreza, considerar al sector
empresarial como agente de desarrollo en las líneas directrices de la
cooperación, reducir los ámbitos de intervención estatal a determinados sectores
poco conflictivos y limitar la participación de las organizaciones sociales en
las políticas de cooperación para el desarrollo. 19
Ya no es posible
«seguir exportando tanta solidaridad», las «circunstancias han cambiado» y los
compromisos contra la pobreza han de reorientarse «hacia nuestro territorio».
Eso afirmaba el pasado mes de septiembre el consejero de Justicia y Bienestar
Social de la Generalitat Valenciana, Jorge Cabré, para justificar la decisión de
su Gobierno de poner fin a las políticas de cooperación internacional. Es sólo
un ejemplo de cómo, siguiendo una línea argumental similar, tanto el Gobierno
central como la mayoría de las administraciones autonómicas y municipales del
Estado español eliminaron o redujeron drásticamente sus presupuestos para
cooperación al desarrollo en 2012. Y para este año, lejos de augurarse una
recuperación –cierto es que existen algunas excepciones a esta tendencia
generalizada–, caminamos en la misma dirección: como ha denunciado la
Coordinadora de ONG para el Desarrollo, a los 1.900 millones de euros que se
recortaron el pasado año se le sumarán este otros 300 millones más. Con todo
ello, la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) española pasará a suponer solamente
el 0,2% de la renta nacional bruta, lo que nos retrotrae a niveles de principios
de los noventa. «Fue un error perseguir el 0,7%», dice ahora el secretario de
Estado de Cooperación y para Iberoamérica, Jesús Gracia, renunciando así a la
que desde hace dos décadas ha sido una de las reivindicaciones fundamentales de
las ONGD en el Estado español y que los sucesivos ejecutivos se habían
comprometido a cumplir firmando el Pacto de Estado contra la Pobreza.
En
los años ochenta y noventa, la cooperación internacional contribuyó a apoyar el
Consenso de Washington y las reformas estructurales que posibilitaron la
expansión global de las grandes corporaciones que tienen su sede en los
principales países donantes de AOD. Hoy, la cooperación al desarrollo ya no
cumple un papel fundamental para la legitimación de la política exterior del
país donante, como lo venía haciendo hasta el comienzo de la crisis financiera.
Aunque aún puede seguir desempeñando un rol secundario en la proyección de
imagen internacional, su función esencial es la de asegurar los riesgos y
acompañar a estas empresas en su expansión global, así csmo periodo, han subido
el 52% los fondos para la acción del Estado en el exterior a través de sus
embajadas y oficinas comerciales. 20
Nos hemos habituado a escuchar con
frecuencia, en el discurso oficial, una frase que se repite a modo de
justificación: «Bastante tenemos con la pobreza de aquí como para preocuparnos
de la de otros sitios». Es evidente que los últimos gobiernos españoles, tanto
el actual como el anterior, han incumplido una y otra vez sus compromisos sobre
la cooperación internacional y la lucha contra la pobreza a nivel mundial. 21 Y
a la vez, no es verdad que, a cambio, se estén destinando más fondos para
afrontar la extensión de la pobreza en nuestro país. Aquí y ahora, esa labor se
está dejando en manos de algunas ONG y de las grandes empresas, recuperando la
obra social, la caridad y la filantropía como forma de paliar las crecientes
desigualdades. Mientras crece la desigualdad a marchas forzadas –desde 2007, la
diferencia entre el 20% más rico y el 20% más pobre en España ha subido un 30%–,
22 resurge con fuerza la filosofía del “neoliberalismo compasivo”, basada en la
idea de que pueden paliarse la pobreza y el hambre aportando “lo que nos
sobra”.
«Cada vez más gente de la que imaginas necesita ayuda en nuestro
país», decía Cruz Roja en sus anuncios para el último «Día de la Banderita»,
poniendo el foco en la pobreza “local”. «Cuenta conmigo contra la pobreza
infantil», ese era el lema de la pasada campaña navideña de La Caixa y Save the
Children, añadiendo lo de “infantil” para darle un toque adicional de
sentimentalismo. Y tenemos muchos más ejemplos de cómo las grandes corporaciones
están intentando reapropiarse de las buenas intenciones y de la solidaridad de
una ciudadanía cada vez más preocupada por el incremento de la pobreza y el
hambre: desde la filantropía de Amancio Ortega, patrón de Inditex y tercer
hombre más rico del planeta, que ha donado 20 millones de euros a Cáritas (el
0,05% de su fortuna), hasta los spots tipo «siente a un pobre a su mesa» que han
publicitado diferentes ONGD, 23 pasando por el auge de los bancos de alimentos,
a los que han anunciado donaciones grandes empresas como Mercadona o Repsol.
Hace años, la “solidaridad de mercado” se medía en base al dinero recaudado en
los telemaratones, hoy parece computarse a partir de la cantidad de bolsas de
comida que pueden donarse a las organizaciones asistencialista.
Repensando el modelo de desarrollo«No es una crisis,
es una estafa», gritan los manifestantes que protestan por la privatización de
la sanidad, la educación y el agua. Y efectivamente, no hay otro nombre mejor
para explicar el hecho de que los grandes capitales privados estén saliendo
reforzados de la crisis mientras, por el contrario, la mayoría de mujeres y
hombres van perdiendo empleo y vivienda, sanidad y educación, pensiones y
derechos sociales conquistados en el último siglo. En este contexto, los cambios
sustanciales para luchar contra la pobreza sólo pueden darse confrontando, en
alianza con las organizaciones políticas y sindicales y con los movimientos
sociales emancipadores, a las reformas económicas y los ajustes estructurales
que cada día producen y reproducen un mayor empobrecimiento.
Ante el desmantelamiento de la cooperación como política pública de
solidaridad internacional, la única forma de no perder ese sentido solidario que
ha presidido las actividades de muchas organizaciones españolas de cooperación
internacional en las dos últimas décadas es trabajar, aquí y ahora, en la
formulación y puesta en práctica de una agenda alternativa de desarrollo en la
que la cooperación solidaria se entienda como una relación social y política
igualitaria, articulada con las luchas y los movimientos sociales emancipadores.
No podemos pensar que vamos a aliviar la pobreza con lo que nos sobra, hace
falta otro programa político. Trabajando en la construcción de alternativas
solidarias que pueden contribuir a la resistencia social frente a los procesos
de empobrecimiento y, en un futuro, a ganar fuerza para revertirlos, es decir,
para cambiar de raíz la economía política dominante, tutelada por la dictadura
de la ganancia. En eso estamos.
Notas
1 K. Polanyi, La gran transformación, La Piqueta,
Madrid, 1989, p. 66.
2 D. Harvey ha desarrollado recientemente las
modalidades de esta acumulación, como puede verse en esta entrevista de E.
Boulet al geógrafo británico: «El neoliberalismo como “proyecto de clase”»,
Viento Sur (web), 8 de abril de 2013.
3 No es el tema central de este
artículo, pero dejemos claro que no hay nada que lamentar en esto que podríamos
llamar “desoccidentalización”, por más problemática que sea la nueva relación de
fuerzas a nivel global desde el punto de vista de los intereses de las mayorías
sociales.
4 F. H. G. Ferreira, J. Messina, J. Rigolini, L. F.
López-Calva, M. A. Lugo y R. Vakis, La movilidad económica y el crecimiento de
la clase media en América Latina. Panorama general, Banco Mundial, Washington,
2013.
5 Los principales datos que aquí vamos a citar están tomados de J.
L. Berterretche, «Los tramposos delirios de los tecnócratas del Banco Mundial»,
Viento Sur (web), 8 de abril de 2013.
6 El tipo de cambio es de 1 real =
0,38 euros. El salario mínimo en Brasil es de 678 reales, por tanto, unos 257
euros.
7 El 42% del presupuesto federal brasileño se destina al pago de
la deuda pública. Los presupuestos de educación y sanidad equivalen solamente al
8% y 10%, respectivamente, de esta enorme sangría de los fondos
públicos.
8 Así lo recogía el diario El País, 30 de marzo de 2013, pp.
4-5.
9 Diferentes estudios alertan de ello: Intermón Oxfam, por ejemplo,
en Crisis, desigualdad y pobreza (Informe nº 32, 2012), pronostica que en España
pasaremos de tener 12,7 millones de pobres (27% de la población total) en 2012 a
18 millones (38%) en 2022.
10 O. Jones, Chavs. La demonización de la
clase obrera, Capitán Swing, Madrid, 2012.
11 Eso afirma el Consejo
Mundial Empresarial para el Desarrollo Sostenible (WBCSD, Visión 2050. Una nueva
agenda para las empresas, Fundación Entorno, 2010).
12 R. Fernández
Durán, La quiebra del capitalismo global: 2000-2030. Preparándonos para el
comienzo del colapso de la civilización industrial, Libros en Acción, Virus y
Baladre, 2011.
13 Hemos desarrollado ampliamente estas ideas en: M.
Romero y P. Ramiro, Pobreza 2.0. Empresas, estados y ONGD ante la privatización
de la cooperación al desarrollo, Icaria, Barcelona, 2012.
14 C. K.
Prahalad y S. L. Hart, «The fortune at the bottom of the pyramid», Strategy and
Business, nº 26, 2002.
15 «En Madrid hay favelas aunque no se llamen
así», El País, 3 de septiembre de 2012.
16 «En Indonesia, vendemos dosis
individuales de champú a dos o tres céntimos y aún así obtenemos un beneficio
decente», afirma un ejecutivo de la compañía en «La pobreza regresa a Europa»,
Público, 27 de agosto de 2012.
17 En este año, por primera vez los
excedentes empresariales (46,1%) han superado a las rentas salariales (44,2%) en
el cómputo del PIB español.
18 I. Fainé, «Crecer para dirigir», El País,
2 de noviembre de 2011.
19 G. Fernández, S. Piris y P. Ramiro,
Cooperación internacional y movimientos sociales emancipadores: Bases para un
encuentro necesario, Hegoa, Universidad del País Vasco, Bilbao, 2013.
20
CONGDE, «Análisis y valoración de la Coordinadora de ONG para el
Desarrollo-España del proyecto de Presupuestos Generales del Estado para 2013»,
8 de octubre de 2012.
21 Plataforma 2015 y más, «España lidera la
reducción de la Ayuda Oficial al Desarrollo y lleva la cifra de cooperación a su
mínimo histórico», 3 de abril de 2013.
22 Cáritas, Desigualdad y derechos
sociales. Análisis y perspectivas, Fundación Foessa, 2013.
23 Acción
contra el Hambre, por ejemplo, nos invitaba a dar un donativo por cada “menú
solidario” que consumiéramos en uno de los «Restaurantes contra el hambre» que
formaban parte de la campaña; en una línea similar, Intermón Oxfam nos llamaba a
sentarnos en su «Mesa para 7.000 millones».
Miguel Romero es editor de la revista VIENTO SUR y Pedro Ramiro
es coordinador del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL) –
Paz con Dignidad.
Este artículo ha sido publicado en la revista Papeles
de relaciones ecosociales y cambio global, nº 121, 2013, pp. 143-156.