Libro en PDF 10 MITOS identidad mexicana (PROFECIA POSCOVID)

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martes, 13 de octubre de 2026

AMLO EL GRAN CORRUPTOR

 A Ciro Gómez Leyva, quien nunca debió ser sujeto de un atentado. La

justicia para ti será siempre nuestro reclamo. Los gobernantes se van,

los periodistas se quedan.

A todos los periodistas asesinados en este gobierno.

A ti, papá, José María, que me heredaste el carácter

para enfrentar desafíos.


Prólogo


Sergio Negrete Cárdenas


Y el rey del cash llegó a Palacio Nacional.

Mesiánico, demagogo y autoritario, Andrés Manuel López Obrador

se proclamó el líder de una transformación histórica, una etapa que

solo sería comparable con la Independencia, la Reforma y la

Revolución, pero, además, sin un conflicto armado. Nada menos que

presentándose como par de Hidalgo, Morelos y los presidentes

Juárez, Madero y Cárdenas.

Habían sido tres campañas presidenciales. A lo largo de esos años

también construyó su propio partido político: el Movimiento

Regeneración Nacional (Morena), para así tener el control absoluto

sobre estrategias, candidaturas —empezando por la suya propia— y,

un elemento fundamental, los recursos que el partido habría de

recibir. En menos de una década montó el andamiaje partidista que

deseaba, a su imagen y semejanza, sujeto por completo a sus

órdenes, la plataforma electoral que lo catapultaría el poder.

Morena fue no solo producto de una ambición de poder

desmedida, sino de dinero, mucho dinero, sobre todo en efectivo. Ese

formidable instrumento político obtuvo el registro oficial por parte del

Instituto Nacional Electoral en 2014, pero el subsidio del gobierno

para su funcionamiento solo se agregó a ese cash en abundancia que

recaudaban los personeros de López Obrador y que este acumulaba

y repartía a su absoluta discreción. Ríos de dinero que evidenció

Elena Chávez en su libro El rey del cash.

Hay tres cosas que no se pueden ocultar: el humo, el amor y el

dinero. La excepción a esa regla fue López Obrador, quien durante

años supo esconder ese abundante efectivo que recibía. Gracias a El


rey del cash muchos mexicanos pudieron explicarse cómo pudo vivir

con tanta holgura el eterno candidato con su familia sin tener cargos

formales y menos, si cabe, un salario. Cómo el hombre que presumía

de traer solo 200 pesos en la cartera pudo financiar el aparato

logístico y partidista que giraba a su alrededor, aparte de un “gobierno

legítimo” en que los miembros de su “gabinete” percibían sueldos de

50 mil pesos mensuales.

Se entendió por qué AMLO parecía alérgico a toda formalidad o

legalidad financiera. Quedó al descubierto cómo podía presumir de

que no tenía tarjeta de crédito y no sabía llenar un cheque. No tenía

necesidad de hacerlo, puesto que contaba con efectivo en

abundancia, ese dinero que no deja huella o rastro alguno, el

favorecido por las mafias, criminales o políticas. Recursos que

llegaban de numerosas fuentes oscuras por medio de abultados

sobres recogidos por sus personeros. El oriundo de Macuspana no

tocaba esos billetes, los administraba. Ello le permitía, como en tantas

ocasiones, mentir descaradamente con un dejo de verdad: por sus

manos nunca había pasado un peso robado, porque bajo su

cuidadosa supervisión pasaban millones por las manos de sus

allegados.

Era, efectivamente, el rey del cash, y finalmente ese cash le

permitió convertirse en el rey de México. Porque ese dinero ayudó a

que Morena ganara no solo contundentemente la elección

presidencial, sino sólidas mayorías en ambas cámaras legislativas. La

ciudadanía no entregó un cheque en blanco en julio de 2018 a López

Obrador, sino la chequera completa. Esta clase de cheques, los que

sacan provecho de un poder sin restricciones o contrapesos, sí los

sabe llenar y usar perfectamente. Porque si algo domina AMLO es el

uso y abuso del poder, ahí sí entiende perfectamente lo de cobrar y

pagar, con canonjías, empleos, contratos, impunidad y lealtad como

monedas de cambio.

El perpetuo candidato y su cuantioso cash fueron la radiografía

que presentó Elena Chávez. Ahora es una nueva placa la que exhibe

en este libro, que deberá ser lectura obligada para aquellos que

quieran saber más sobre las podridas entrañas del obradorismo. En

El rey del cash, fue la intensa experiencia personal, lo vivido

directamente por ella. Ahora son los testimonios que algunos


mexicanos le presentaron a Elena, y quien requirió o buscó las

evidencias para comprobar aquello que ahora está plasmado en este

libro: El gran corruptor.

El modus operandi obradorista continúa, pero desde Palacio

Nacional. Ya no es el eterno opositor quien lo encabeza, sino el

presidente de la República. El oriundo de Macuspana tiene ahora a su

disposición toda la maquinaria del gobierno federal, aparte de los

gobernadores de los estados y presidentes municipales afines a él.

Gracias al dominio que tiene sobre los legisladores, el presupuesto de

egresos de la federación prácticamente está bajo su control, con un

escrutinio mínimo y sin obstáculos para reasignar los recursos del

erario a su entera discreción. La elección de 2018 fue el “ábrete,

sésamo” para que López Obrador y su banda pudieran acceder al

tesoro presupuestal del gobierno mexicano.

Una cueva que AMLO no piensa desocupar. Este libro muestra

ese aparato de corrupción que busca dinero a lo largo y ancho de

todo el gobierno. Desde los contratos asignados directamente hasta

los inflados programas sociales, destacando el consentido del

presidente: la pensión universal para adultos mayores. Se trata no

solo de financiar sus caprichos, elefantes blancos que son agujeros

negros de dinero, sino de acumular los cochinitos para las elecciones,

sobre todo la grande de 2024. Morena se construyó con cash, y es

voraz devorando dinero. Las precampañas de hoy, mal disfrazadas

con otros nombres, no se pagan solas.

Ya que no pudo reelegirse directamente, la ambición de López

Obrador es dejar en la silla presidencial a Claudia Sheinbaum, con el

disfraz de unas encuestas populares que a nadie engañaron. Como

escribió magistralmente Daniel Cosío Villegas en 1972, México era

una monarquía, absoluta, sexenal y hereditaria por vía transversal.

AMLO quiere regresar a ese sistema político, con Morena —o sea, él

— en lugar del PRI y todo aquello que el dinero pueda comprar,

incluyendo, por supuesto, votos.

El cash le permitió llegar al poder, el cash sigue siendo manejado

por el rey en su palacio. Esta obra es una crónica de impresionantes

corruptelas y, simultáneamente, una denuncia sobre la podredumbre

de un gobierno, un “yo acuso” contundente. Su autora atrajo los

relatos y evidencias que muchos hasta entonces se habían guardado,


de personas que al leer su primer libro supieron que podían confiarle

lo que sabían. Este es el resultado: un texto sin miedo, porque

proviene de una mujer valiente que no tiene temor de usar su pluma

como un espejo que refleja lo que realmente ha sido la administración

2018-2024.

Es probable que muchas personas conocieran directamente las

corruptelas, las impresionantes raterías de Andrés Manuel López

Obrador por medio de sus familiares, amigos y colaboradores

cercanos. Todas optaron por el silencio, probablemente temerosas de

las consecuencias que una denuncia pública pudiera acarrearles.

Basta que una persona se atreva a romper con fuerza ese círculo de

mutismo, esa especie de ley del silencio, como la que imperaba entre

la mafia siciliana (omertà), pero que es igual de potente entre la mafia

mexicana en el poder desde diciembre 2018. Esa persona es, por

segunda ocasión, Elena Chávez.

Quizá López Obrador confió en que ese halo de silencio y

complicidad lo seguiría protegiendo, que muchos podrían tener dudas

sobre su honradez, pero nunca certezas de su inmoralidad. A nadie le

cuadraba la narrativa de los 200 pesos en la cartera, pero tampoco

nadie había exhibido evidencias sobre un comportamiento ilícito.

Estaban los allegados cercanos, como el que arreó hasta con las

ligas o el que apostaba dinerales en Las Vegas, pero no se podía

señalarlo directamente. Como le dijo un político a otro en un libro de

Luis Spota en una frase que se aplica perfectamente al actual

mandatario: “Más vale que te crean tonto a que te sepan ladrón”.

Por muchos años lo que dominó fue la narrativa que el tabasqueño

no se cansó de presentar en sus tres campañas. Fue incansable

como propagandista de sus pretendidas virtudes. El ahora presidente

había descubierto desde hacía décadas que era fundamental

construir una persona pública, una fachada tras la cual ocultarse. A la

vista de todos era el humilde luchador social, la antípoda del

ambicioso político ávido de dinero y poder (el primero necesario para

obtener el segundo). Se presentaba como un funcionario que vivía

con sencillez y rechazaba las prebendas que venían con los cargos.

Como jefe de gobierno de la Ciudad de México se trasladaba en el

famoso Tsuru, por supuesto, de color blanco; y vivía en el sencillo

departamento de Copilco. Como candidato presidencial fue la


promesa de vender el avión oficial y la simulación de que vivir en

Palacio Nacional era algo más humilde que hacerlo en Los Pinos.

La fórmula obradorista era realmente brillante porque estiraba la

liga de la credibilidad al máximo. Se trataba de mentir en forma

constante, descarada y exagerada. Por paradójico que parezca, las

grandes mentiras se aceptan con mayor facilidad que las pequeñas.

Lo fundamental es decirlas y machacarlas con todo el aplomo de un

demagogo consumado. AMLO no evadía el tema de la honestidad

personal y la corrupción como hacen tantos candidatos, quizá por

cierto residuo de pudor o vergüenza. La corrupción es un campo

minado para cualquier político, porque incluso aquellos que se

comportan con honestidad se ven muchas veces obligados a dejar

pasar las componendas, los arreglos por debajo de la mesa, aceptar

las órdenes de un jefe aunque sepan que pueden implicar un desvío

de recursos públicos hacia bolsillos privados. No hay político que

presuma que roba, pero tampoco hay tantos que estén hablando de

su honestidad.

El de Macuspana, en cambio, se regodeaba presumiendo sin

cesar de su probidad personal, precisamente porque no tiene pudor o

vergüenza alguna, sino el más profundo cinismo. Es el practicante de

repetir mil veces una mentira para que muchos crean que es verdad.

Es incansable al decir que es una de esas aves raras que cruzan el

pantano de la política y cuyo blanco plumaje emerge de la travesía sin

la menor mácula. Con esa habilidad impresionante para el fraseo del

gusto popular, repetía que necesitaba llegar a la cumbre del poder

político porque las escaleras se barren de arriba abajo. Aquellos que

lo escuchaban en las plazas públicas podían imaginar a ese sencillo

hombre barriendo con fuerza con todos esos rateros del gobierno. El

presidente —decía, contundente, cuando candidato— se entera de

todas las corruptelas que ocurren en el gobierno, por lo que estas

desaparecerían apenas alcanzara la primera magistratura.

Otra frase cobró fuerza con el paso de los años, esta repetida no

solo por el tabasqueño, sino por sus partidarios: “No mentir, no robar,

no traicionar”. Una cadencia potente e igualmente atrayente para

millones de mexicanos decepcionados de los gobiernos anteriores y

particularmente del encabezado por Enrique Peña Nieto. Seis

palabras que pretendían retratar a un hombre impoluto y recto. En


otras palabras: decente, honesto y derecho.

Esta imagen se remataba con otra narrativa extraordinaria que

machacaban sus seguidores: AMLO había sido el hombre más

investigado de toda la historia de México y nunca le habían

encontrado absolutamente nada. Lo que hubieran dado los gobiernos

anteriores por tener pruebas para desacreditarlo, acusarlo y hasta

encarcelarlo; pero todas esas investigaciones terminaron con las

manos vacías, porque era un hombre con las manos limpias.

Quizá López Obrador pensó que aquello que había logrado como

candidato lo podría sostener como presidente. A sus casi cinco años

al frente del gobierno capitalino, se agregaban 13 de campaña, al final

de los cuales llegó a la presidencia con 30.1 millones de votos, una

potente demostración de la credulidad de muchos mexicanos.

Probablemente algunos cruzaron la boleta por la coalición de AMLO

dudando de su honestidad, pensando que tal vez algo de corrupto

tendría, pero que finalmente lo sería menos que Peña Nieto y sus

avorazados funcionarios. Millones quizá votaron no por AMLO, sino

contra el PRI y el PAN, sin pensar que México brincaría de la sartén al

fuego.

AMLO siguió usando la misma arma, su palabra, pero magnificada

desde el pináculo del poder. Si nadie le había encontrado nada antes,

menos podrían hacerlo ahora que mandaba en el país. Era cuestión

de mantener inalterada la estrategia de mentir con absoluto descaro y

cinismo, machacando incansablemente sobre su honradez personal.

Igual, hablar del ave y el pantano, lo mismo que de las escaleras y su

barrido. Otra frase usada en la campaña se hizo cotidiana en las

peroratas presidenciales pronunciadas en las mañaneras: “No somos

iguales, nosotros somos diferentes”. En muchas ocasiones, el

presidente remataba la idea sacando un pañuelo, tan blanco como el

Tsuru, para ondearlo ante sus espectadores. Era una fórmula

probada y exitosa.

Mentir con descaro y cinismo, en grande, hasta los extremos más

increíbles. No solo sobre la honestidad personal y del gobierno, sino

en cualquier otra cuestión que así lo requiriera. Un ejemplo destacado

es la promesa de tener un sistema de salud pública como en

Dinamarca. Lo ofreció y sigue ofreciendo. No importa el desastre

provocado al destruir el Seguro Popular y la compra y distribución de


medicinas; tampoco, la creación y eliminación del Insabi; menos las

muertes de niños y adultos por falta de tratamientos —

destacadamente contra el cáncer— y atención médica. AMLO ni se

sonroja cuando asegura, año tras año, que ya casi se llega a ese

paraíso de salud danés.

Otro ejemplo entre los muchos acumulados a lo largo de casi cinco

años de gobierno es el Tren Maya. ¿Daño ecológico por ese

capricho? No se derribará un solo árbol, dijo con absoluto aplomo.

Solo en el tristemente famoso tramo 5 se contabilizan unos 9 millones

de árboles derribados. La realidad es simplemente hecha a un lado

enunciando una gigantesca y grotesca falsedad.

Es el gran mentiroso, y lo que hace ahora Elena Chávez es

exhibirlo como un extraordinario corrupto y corruptor. La corrupción es

un cáncer que ya existía en el cuerpo de México, pero había tenido en

décadas recientes cierta contención por parte de sucesivos

gobiernos. El de López Obrador ha destruido, en la medida de lo

posible, esas barreras que limitaban el contagio: rebajando los

sueldos de los funcionarios, pero permitiéndoles robar; combatiendo

sin cuartel la transparencia; destruyendo o al menos minando las

instituciones; restringiendo o eliminando el acceso a la información; y

fomentando la discrecionalidad en la entrega de concesiones y

contratos, además de instaurar programas sociales opacos.

Como muestra Elena Chávez, bajo ese gran corrupto y corruptor,

ese cáncer ha sido descaradamente alimentado desde el poder, y ha

hecho metástasis en todos los niveles de gobierno. Quizá el ejemplo

más destacado —por su profunda ironía, que no por los montos

sustraídos— fueron los robos en el Instituto para Devolver al Pueblo

lo Robado y que llevaron a la renuncia de su director, Jaime

Cárdenas Gracia, quien denunció la corrupción y los malos manejos.

El presidente insinuó que su otrora funcionario no había podido con el

paquete: “La administración pública, más en épocas de

transformación, exige mucha entrega y fatigas. Hay gente muy buena,

honesta, con convicciones, inteligentes, pero no se les da lo del

trabajo como servidor público”.

Así, el honrado presentado como incapaz, y el visto bueno

presidencial para aquellos que motivaron su renuncia para seguir

robando. El gran corruptor, con sus mil caras, dando luz verde al


cáncer para expandirse más. Las escaleras se barren de arriba abajo,

pero la porquería también se desparrama cuando brota a borbotones

desde la cima. Ser un funcionario cercano al presidente es garantía

de protección e impunidad. Con su extraordinario cinismo ya habitual,

López Obrador defiende a sus subalternos señalados como corruptos

en las mañaneras y proclama que, como él, son honestos. Ni ofrece

investigar y menos pruebas de esa inocencia: como siempre, cree

que su palabra basta para absolver y purificar. Le han entregado su

lealtad absoluta al presidente y a cambio reciben su agradecimiento

en forma de protección e impunidad. Si ataca y cuestiona con

denuedo, con coraje y desprecio, es a los periodistas y medios que

muestran ejemplos de la podredumbre. Cuestiona, ahí sí, sus

intereses y hasta sus sueldos y patrimonio.

López Obrador tiene un ojo casi infalible para encontrar a las

personas que le entregarán su lealtad, pero hay un círculo que

siempre será más cercano y cerrado: la familia. Nada une como la

sangre, y Elena Chávez muestra el relevo generacional que tiene

lugar mientras el líder de la familia —o famiglia, en un sentido literal y

figurado del clan mafioso— ocupa Palacio Nacional. El padre de

AMLO fue, según su narrativa, quien le heredó su rancho en

Palenque, aunque estuvo muy poco tiempo en sus manos, pues ya lo

traspasó a los hijos, junto con otras propiedades. Padres que lo

heredaron, hermanos que recolectaban sobres, y ahora los hijos que

heredan en vida. Es siempre el mismo modus operandi: nada debe

pasar abiertamente por las manos de AMLO, y menos estar

registrado a su nombre. Y quien destaca en el relevo generacional es

el poderoso hijo también llamado Andrés, quien coloca amigos en el

aparato gubernamental y amaña toda clase de tratos con el poder de

su padre.

La valentía e importancia de este libro reside, precisamente, en ser

la dura crónica de lo que está ocurriendo en vivo, de un gobierno en

funciones que concluirá hasta el primer día de octubre de 2024. Es

una radiografía de la metástasis de ese cáncer alimentado por el gran

corruptor en años recientes. Los libros denunciando a un presidente y

sus acciones habitualmente se escriben y publican hasta el siguiente

sexenio, ya a salvo de la ira o represalias que pueden surgir desde el

poder. Elena Chávez tiene el arrojo de denunciar a AMLO mientras es


presidente, buscando destruir todavía más ese teflón de falsedad que

con tanto cuidado construyó a lo largo de años, y de esa forma incidir

en el futuro.

Son páginas notables por su contenido explosivo y revelador, pero

también por su tiempo, este tiempo. Es la trágica continuación de El

rey del cash, quien, como presidente, se ha convertido en el gran

corruptor.


Introducción


Son raros los que, con el poder absoluto,

conservan la moderación y no dan rienda suelta a

sus pasiones.


FRANCISCO I. MADERO

Carta a Porfirio Díaz,

2 de febrero de 1909

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